La Identidad en J.Krishnamurti – Segunda parte

la identidad J Krishnamurti - primera parte

SER

BASE

Quiero ver si miramos esa ‘base’, si la percibimos o si tenemos un discernimiento de ella a partir de un concepto. Porque, después de todo, el mundo occidental, y tal vez también el mundo oriental, se basa en conceptos. Toda la perspectiva religiosa y sus creencias se basan en eso. ¿Abordamos, pues, la cuestión desde ese punto de vista o lo hacemos como una investigación filosófica, filosófica en el sentido de amor a la sabiduría, amor a la verdad, amor a la investigación, la labor de la mente? ¿Estamos haciendo eso cuando discutimos, cuando queremos investigar, explicar o descubrir qué es esa ‘base’? Supongamos que usted afirma que hay algo así, que ‘la base’ existe, que es inamovible, etc. Y yo digo que quiero descubrirlo. Le pido que me lo demuestre, que me lo pruebe. ¿Cómo puede mi mente, que ha evolucionado a través del conocimiento, que se ha disciplinado muchísimo en el conocimiento, tan siquiera tocar aquello? Porque aquello no es conocimiento, no es un producto del pensar. ¡Estamos tan empapados de controversias y argumentaciones y conocimientos! No vemos un hecho simple, nos negamos a verlo. Y viene ‘X’ y dice: ‘véanlo, está ahí’. Entonces se pone en marcha la inmediata maquinaria del pensamiento y dice: ‘permanece en silencio’ ¡Entonces practico el silencio! Lo he hecho durante mil años y no ha conducido a ninguna parte. Por lo tanto sólo hay una cosa, y consiste en descubrir que todo cuanto he hecho es inútil, ¡cenizas! Usted ve que eso no le deprime a uno. Ésa es su belleza. Creo que es algo como el Ave Fénix (27).

ESENCIA

K: la palabra ‘esencia’ que usted usa, implica la esencia de todas las flores, que constituye el perfume y la cualidad. Al percibir todo el movimiento del pensar, al percibirlo como la conciencia -la conciencia con su contenido (que es la conciencia) y al observarlo, en esa misma observación está el refinamiento externo que es la esencia. Del mismo modo, hay una percepción de todo el movimiento del cuerpo, del amor, la alegría. Cuando usted percibe todo eso existe la esencia, y en eso no hay dos esencias. La esencia tiene que manifestarse. Ahora bien, ¿cómo la produce usted? ¿La destila? Cuando las flores son destiladas, la esencia de las flores es el perfume. F: ¿qué entiende usted por esencia? K: simplemente mire. He observado lo que hemos estado haciendo durante estas discusiones. Hemos observado el movimiento del pensar -el pensar como la conciencia-; la totalidad de ello y el contenido del movimiento es la conciencia. Está la percepción de eso. La percepción de eso es su destilación, y es esto lo que llamamos esencia, la cual es inteligencia pura. No es mi inteligencia o su inteligencia, sino inteligencia, esencia. Y cuando observamos el movimiento del amor, del odio, del temor -que son todos factores emotivos-, hay percepción; y cuando usted percibe, desde ello se manifiesta la esencia. Durante estos días y antes, uno ha observado el movimiento del pensar. Uno lo ha observado sin escoger, y en eso está la esencia; desde esa observación sin opciones adviene al esencia de lo uno y la esencia de lo otro por lo tanto, ¿qué es la esencia? ¿Es un refinamiento de las emociones, o no tiene relación alguna con ellas? Y sin embargo, tiene relación porque ha sido observada (32).

Al principio el niño puede pensar ‘yo soy eterno’. Después comienza a comprender que está en el tiempo. La perspectiva general que abarcamos nos muestra que el tiempo es la esencia del existir (60).

El budismo no reconoce el atman en el sentido clásico, sánscrito de Bharatiya dharma, sino que lo ve como el ‘yo’, el ‘sí mismo’. ¿Qué es este ‘yo’ en el contexto budista? A mi parecer, en vez de usar la expresión ‘yo soy’, deberían usarse las palabras ‘esencia’ (is-ness) y ‘talidad’ (suchness). Porque el ‘yo soy’ está personalizado, individualizado, mientras que ‘esencia’ (es-encia se deriva del latín esse, que significa ser. N. del T.) incluye tanto el ‘yo soy’ como todo el campo de la existencia contenido en la matriz de esa palabra. Cuando uno discute tal ‘esencia’ en el contexto budista, discute tanto la existencia individual como el sentido del mundo manifestado. El budismo no reconoce ni acepta una investigación del ‘yo’ separada de una investigación en la existencia misma. Cualquier indagación que tenga lugar con respecto a la existencia, incluye una investigación en el sí mismo y en el mundo manifestado. Éste contiene tanto la vida individual como la existencia. La ‘esencia’ es dinámica, es un movimiento. En el sentido budista, es considerada un flujo, algo impermanente. Se acepta la calidad omnipenetrante de su naturaleza. Para nosotros, J. Krishnamurti es comprensible a causa de nuestra comprensión del concepto budista de anatha (impersonalidad). La razón principal es ésta: sentimos que Krishnamurti no se interesa en ninguna presunción de permanencia. Puede decirse que, aquello que es ‘talidad’ no es ilusión. ‘Talidad’ es aquello que es como es. Lo que permanece en su ser es ‘talidad’. Y lo que es ‘talidad’ no es ilusión. Lo que no es ilusión, lo que es total, lo que es verdad, eso es lo real. ¿Qué es esa ‘esencia’? Aquello que es como es, es. Esa cosa, ese objeto, esa persona, cuando es lo que es, es lo verdadero. Sólo la ‘esencia’ cumple un propósito. Una silla es aquello que proporciona un asiento. Un altavoz es lo que amplifica las voces. Por lo tanto, la existencia de estas cosas depende de su uso, sin el cual no cumplen con su propósito y, en consecuencia, no puede decirse que existen. Cuando veo el mundo, digo que estoy observando el mundo, por cuanto toda mi vida, mi ser, mi mente, son el depósito del pasado. Ver la esencia significa aprehender todo el mundo objetivo desde esta posición sin dejar que el pasado interfiera. Ver sin distorsión lo que es, es el estado que el pensamiento budista ha considerado esencial para la correcta percepción de la existencia.. Jagannath Upadhyaya (17).

GENERAL

Mediante la percepción de uno mismo y el conocimiento propio, surge el recto pensar; sólo entonces puede el pensamiento ir mucho más allá de las capas condicionadas de la conciencia. Meditar es, entonces, ser, y ello tiene su propio movimiento eterno; es la creación misma, porque el meditador ha dejado de existir (15).

El devenir jamás puede transformarse en ser. El devenir, la expansiva y limitadora actividad del ‘yo’, debe cesar; entonces existe el ser. Este ser no puede ser pensado, imaginado; el pensar mismo al respecto es un obstáculo; todo cuanto el pensamiento puede hacer es estar alerta a su propio complejo y sutil devenir, a su propia y astuta inteligencia y a su voluntad (15).

El ser puede ser comprendido únicamente cuando cesa el devenir (15).

El ser existe en la comprensión de lo que es (15).

Únicamente cuando cesa la ideación, existe el ser, y este ser es la transformación inmediata que sólo la verdad puede darnos (15).

En el ser, hay cesación del tiempo; por lo tanto, es un estado de transformación inmediata (15).

Ser, que implica reconocer lo que es, aceptando y viviendo con lo que es -sin tratar de transformarlo ni condenarlo-, da origen a la virtud, y en esa virtud hay libertad (21).

Si no tenemos creencias con las que la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación, es capaz de mirarse y verse tal como es, y eso implica, sin duda, el principio de la compresión de nosotros mismos (76).

¿Qué es usted entonces? Para descubrirlo, tiene que morir al pasado y al futuro (72).

No hay ser si hay una lucha por ser (36).

Devenir y ser son dos estados ampliamente diferentes, y no podéis ir del uno al otro; pero con la terminación del devenir, el otro estado existe (37).

Es la voluntad egocéntrica, este constante deseo de ser esto o aquello, lo que destruye el puro ser. Este ser es por completo diferente del sopor de la satisfacción, de la realización personal o de las conclusiones de la razón. Este ser es ajeno al sí mismo. Una droga, un interés, una absorción en algo, una completa identificación, pueden producir un estado que se desea, el cual sigue siendo conciencia de uno mismo. El verdadero ser es la terminación del deseo-voluntad (10).

Nosotros no nos interesamos en el ser, sino en el haber sido y en el llegar a ser. Existe un presente activo, un estado de ser, un estado activo, viviente (10).

El Pandit Jagannath Upadhyaya, erudito Mahayana en la tradición de Najarjuna me dijo: ‘nosotros tenemos que entender la dialéctica de Krishnamurti, pero la esencia de Krishnaji es la belleza, un desbordamiento total del ser’ (10).

LLEGAR

El deseo de devenir, de llegar a ser, es una lucha vana si no se comprende la dualidad (14).

Nuestra estructura social y religiosa se basa en el impulso de ‘llegar a ser’ algo, positivo o negativamente. Tal proceso es el alimento mismo del ego, por medio del nombre, la familia, el logro personal a través de la identificación del ‘yo’ y ‘lo mío’, que causa siempre conflicto y dolor (15).

Somos el proceso de pensamiento; no estamos separados del pensamiento. Y el pensamiento es memoria, cómo ser ‘más’ de algo. Es decir, cuando existe el impulso por lo más’ o por lo ‘menos’, por lo ‘positivo’ por lo ‘negativo’, surge el proceso de pensamiento. Este proceso no surge cuando hay reconocimiento de lo que es. Un hecho no requiere un proceso de pensamiento, pero si queremos evitar un hecho, entonces comienza el proceso. Si acepto que soy lo que soy, no hay pensamiento, sino que tiene lugar otra cosa cuando acepto lo que es. Surge a la existencia un proceso por completo diferente, que no es el proceso de pensamiento. O sea, en tanto existe el deseo por lo ‘más’ o lo ‘menos’, tiene que haber pensamiento, tiene que existir el proceso de la memoria. Después de todo, si deseo ser un hombre muy rico, un hombre poderoso, popular, o un hombre de Dios, si deseo llegar a ser algo, necesito tener memoria, es decir, tengo que pensar en ello; la mente debe agudizarse constantemente para ‘llegar a ser’ (16).

Una de las cosas extrañas en la vida es que estamos condicionados por el verbo ‘ser’. Porque en él existe el pasado, el presente y el futuro. Todo el condicionamiento religioso está basado en ese verbo ‘ser’; en él tienen su fundamento el cielo y el infierno, todas las creencias, todos los salvadores, todos los excesos. ¿Puede un ser humano vivir sin ese verbo que significa vivir y no tener pasado ni futuro? No significa ‘vivir en el presente’, ustedes no saben lo que significa vivir en el presente. Para vivir completamente en el presente tenemos que saber lo que es la naturaleza y la estructura del pasado, que es uno mismo. Tenemos que conocernos nosotros mismos tan completamente que no hay ningún rincón oculto; ‘uno mismo’ es el pasado, y ese ‘lo mismo’ se nutre del verbo ‘ser’ que es llegar a ser, realizarse, recordar. Averigüemos lo que significa vivir sin ese verbo psicológicamente, internamente (8).

¿Qué es lo que hay para ‘llegar a ser’? Comprendo que yo pueda llegar a ser más saludable, que pueda llegar a tener más largo mi cabello, pero psicológicamente, ¿qué hay para ‘llegar a ser’? ¿En qué consiste el llegar a ser? ¿En cambiar imágenes? ¿Cambiar una imagen por otra imagen? Evidentemente sí. Pero si yo no tengo imagen en absoluto, y veo lógicamente la razón de no tenerla, también veo la verdad de que las imágenes impiden la relación, tanto si la imagen es hiriente como si es placentera (60).

Todos estamos tratando de alcanzar algo; físicamente, deseamos una casa mejor, una mejor posición con mayor poder, un status más alto. Biológicamente, si no nos sentimos bien, queremos llegar a sentirnos bien. Psicológicamente, todo el proceso interior del pensamiento, de la conciencia, todo el impulso que nos mueve internamente , consiste en reconocer que uno realmente no es nada y en escapar de ello tratando de ‘llegar a ser’ algo. Ese proceso involucra al tiempo. El cerebro está programado para esto. Toda nuestra cultura, nuestras sanciones religiosas, todo dice: ‘devenir’. Es un fenómeno que puede verse en todo el mundo. No sólo en este mundo occidental sino en Oriente, cada cual está tratando de devenir, o de ser, o de huir de algo. Entonces, ¿es ésta la causa del conflicto interno y externo? Internamente, existe esta imitación, esta competencia, este conformarse a un ideal; externamente, tenemos esta rivalidad entre los llamados individuos de un grupo contra los de otro grupo, de una nación contra otra. Interna y externamente siempre existe este impulso de devenir y de ser (59).

‘El llegar a ser, es el proceso psicológico inventado por el pensamiento. Y de ahí que todo el proceso sea mecánico’ (62).

Señor, no hay lugar alguno al cual llegar, sólo existe este movimiento del aprender, el cual se vuelve penoso únicamente cuando hay acumulación. Una mente así es por completo inconsciente de su propia actividad, en el sentido de que no hay perpetuación de un ‘sí mismo’, de un ‘yo’, que busca llegar, alcanzar un objetivo (44).

Sólo existe este sentimiento de llegar a ser cuando existe la memoria de lo que ha sido y de lo que debería ser, y el presente es entonces utilizado como pasaje entre los dos (38).

MÁS

El deseo de ser superior, de convertirme en el Maestro, de acumular conocimientos, de perderme en actividades, ofrece un esperanzado y satisfactorio escape con respecto a la pobreza e insuficiencia interna. Estando incompletos, vacíos, cualquier actividad, por noble que sea, sólo puede ser el movimiento expansivo del ‘yo’ (15).

Ningún gobierno, ninguna teoría pueden eliminar el anhelo del hombre por ser superior, por dominar (15).

La necesidad del ‘más’ es psicológica, ese impulso existe cuando la psique, la mente está deviniendo, buscando, persiguiendo un objetivo, un resultado. Cuando deseo ser un mahatma [alma grande, título que se da a un gran ser o a los iniciados y grandes maestros espirituales], o un santo, cuando deseo comprender, cuando practico la virtud, cuando tengo conciencia social de clase y me considero un ente ‘superior’, cuando me sirvo de la función para realizarme a mí mismo (…) todas estas cosas denotan, es obvio, una mente que está deviniendo. En consecuencia, el ‘más’ es conflicto. Una mente que va en pos del ‘más’ nunca es consciente de lo que es, porque está viviendo siempre en el ‘más’ –en lo que a uno le gustaría ser, nunca en lo que es- (16).

Si nos damos cuenta de que, cuanto más queremos ser algo, más conflicto hay, entonces podemos ver que el ideal sólo contribuye a incrementar nuestro conflicto, lo cual no quiere decir que yo deba satisfacerme con lo que soy. Por el contrario. En tanto quiera ser algo más, tiene que haber conflicto, sufrimiento, ira, violencia (16).

Todos deseamos ser algo, más virtuosos, más religiosos, acercarnos a la verdad, o somos ambiciosos, mundanos, etc. Deseamos ser alguien. Deseamos tener una comprensión mayor, más felicidad, más sabiduría. El mismo desear algo es la negación de lo que es. Si deseo ser alguna cosa, es que no comprendo lo que soy. Para comprender lo que soy, es preciso que comprenda este deseo de ser alguien, este deseo de devenir. ¿Por qué deseamos ser otra cosa que lo que somos? Si no me esfuerzo por ser alguien, ¿me conducirá eso a la satisfacción, a ese falso, respetable estancamiento? ¿Es ésa la razón de que deseemos ser alguien? ¿O la razón es que no queremos enfrentarnos a lo que somos y, por lo tanto, escapamos de lo que es? (16).

Siendo el resultado del tiempo, la mente está siempre pensando en términos de crecimiento, de logro; y ¿puede la mente librarse del ‘más’, que es realmente disociarse por completo de la sociedad? La sociedad insiste en el ‘más’. Después de todo, nuestra cultura se basa en la envidia y en la adquisividad. Nuestra adquisividad no se refiere sólo a cosas materiales, sino también al reino de lo que se llama espiritualidad, en el cual queremos tener más virtud, estar más cerca del maestro, del guru. Así es que toda la estructura de nuestro pensamiento se basa en el ‘más’; y cuando uno comprende por completo la exigencia del ‘más’, con todos sus resultados, hay seguramente una completa disociación con respecto a la sociedad; y sólo el individuo que está por completo disociado de la sociedad puede actuar sobre ésta. El hombre que se pone un taparrabos o una túnica de sannyasi, que meramente se convierte en monje, no está disociado de la sociedad; sigue formando parte de ésta, sólo que su demanda de ‘más’ está en otro nivel. Él está aún condicionado por los límites de una cultura particular, y por lo tanto está atrapado dentro de ella (19).

Una mente seria conoce sus propias limitaciones, se da cuenta de su propia mediocridad, estupidez, cólera, celos, ambiciones; y, habiéndolas comprendido, se queda quieta, sin buscar, sin desear, sin tratar de alcanzar nada más. Sólo una mente así ha producido orden en sí misma y está por eso quieta; y sólo una mente así puede tal vez recibir algo que no es producto de la mente (35).

El deseo me dice que en el hecho de ser ‘alguien’ hay tremendo placer (41).

Psicológicamente, internamente, siempre está el escapar de ‘lo que es’, siempre huimos de lo que somos, de lo que no nos satisface, y nos movemos hacia lo que habrá de satisfacernos. Sea que tal satisfacción la concibamos como un contentamiento profundo, como la felicidad o la iluminación (que es una proyección del pensamiento), o como la adquisición de mayores conocimientos, ello siempre sigue siendo el proceso del devenir -yo soy, yo seré (59).

Mientras psicológicamente reclamemos el ‘más’, nuestra sociedad será adquisitiva; y habrá forzosamente conflicto y violencia. Esto no significa que debamos eliminar las comodidades materiales, la ayuda mecánica producida por la técnica; pero lo que nos está destruyendo es el impulso psicológico a utilizar estas cosas para la propia expansión, que es la exigencia del ‘más’ (19).

‘Más’ es el constante grito del ‘yo’; es el ansia de sensación, ya sea del pasado o del futuro (36).

NO SER

Cuando deseo cosas positivas, sé lo que eso implica –lucha, sufrimiento- y entonces las rechazo; y me digo: ‘ahora será nada’. El deseo sigue siendo el mismo, es el mismo proceso en otra dirección. El deseo de ser nada es como el deseo de ser algo. El problema no consiste, pues, en ser nada o en ser algo, sino en comprender todo el proceso del deseo: el anhelo de ser o de no ser. En ese proceso, la entidad que desea es diferente del deseo. Uno no dice: ‘el deseo soy yo’, sino: yo deseo tal cosa’. Por lo tanto, hay una separación entre el experimentador, el pensador, y la experiencia, el pensamiento (16).

Uno percibe, consciente o inconscientemente, una sensación de vacuidad interna, de insuficiencia, la sensación de que uno nada es. Casi todos nos damos cuenta de eso, pero no estamos dispuestos a afrontarlo, a comprender lo que es eso; procuramos escapar de ese estado de vacuidad, de ese estado de no ser, ya sea aferrándonos a la propiedad, o por medio del nombre, de la posición, de la familia, de las personas o del conocimiento. Este escapar de nosotros mismos es llamado experiencia, y a estos escapes nos apegamos; por consiguiente, los medios de escape se vuelven mucho más importantes que la comprensión de nosotros mismos. Los medios para escapar de nuestro propio estado nos ofrecen la felicidad, por eso la experiencia llega a ser un obstáculo para la comprensión de lo que es (16).

Cuando lo examináis, dejando de lado la reacción superficial de decir: ‘¿qué me pasaría si no tuviera éxito en la vida?’, creo que hallaréis que hay en ello una cuestión mucho más honda, que es el temor de ‘ no ser’, del aislamiento completo, del vacío y de la soledad. Está ahí, profundamente oculta, esta tremenda sensación de ansiedad, este miedo de quedar apartado de todo. Es por eso que nos aferramos a toda clase de relaciones. Es por eso que hay esta necesidades de pertenecer a algo, a un culto, a una sociedad; de entregarse a ciertas actividades, de aferrarse a alguna creencia; porque de ese modo escapamos de esa realidad que está efectivamente ahí, hondamente adentro (35).

Tememos morir, llegar físicamente al final y ser separados de las cosas que hemos poseído, por las que hemos trabajado, las que hemos experimentado: la esposa, el marido, la casa, los muebles, el pequeño jardín, los libros, los poemas que hemos escrito o esperábamos escribir. Y tememos abandonar todo eso porque nosotros somos los muebles, la pintura que poseemos; cuando sabemos tocar el violín, somos ese violín. Eso es así porque nos hemos identificado con esas cosas, somos todo eso y nada más. ¿Han mirado esto así alguna vez? Somos la casa, con sus persianas, el dormitorio, los muebles que poseemos y que hemos pulido cuidadosamente por años; eso es lo que somos. Si eliminamos todo eso, no somos nada. LA TOTALIDAD DE LA VIDA. Comprender la pasión sin motivo (46).

Sólo cuando he vivido una vida de resistencia, voluntad y opción, existe el miedo de no ser, de no vivir (41).

El temor básico es a la no-existencia, un sentimiento de miedo total a la incertidumbre, el temor de no ser, de morir (79).

Usted y la nada son una sola cosa: usted es nada. Puede tener su nombre y su título, su propiedad y su cuenta bancaria, puede tener poder y ser famoso; pero a pesar de todas esas salvaguardas, usted es nada. Quizás esté por completo inconsciente de esta vacuidad, de esta nada, o quizá no quiera tomar conciencia de ella; pero ella está ahí, haga usted lo que haga para evitarlo. Puede intentar escapar de maneras tortuosas, mediante la violencia personal o colectiva, el culto personal o colectivo, el conocimiento, las diversiones; pero ya sea que esté dormido o despierto, esa nada está siempre ahí. Usted puede descubrir su relación con esta nada y el miedo que la acompaña únicamente si está alerta, sin opción alguna, a los escapes. No tiene relación con ella como si usted fuera una entidad separada, individual; no es el observador que la observa; sin ‘usted’, el pensador, el observador, ella no existe. Usted y la nada son una sola cosa, son un fenómeno conjunto, no dos procesos separados. Si usted, el pensador, siente miedo de la nada y la aborda como algo contrario que se opone a usted, entonces cualquier acción que pueda emprender a su respecto debe conducirle inevitablemente a la ilusión y a más conflicto y desdicha. Cuando descubre y experimenta que esa nada es usted, entonces el miedo -que existe sólo cuando el pensador esta separado de sus pensamientos y trata de establecer una relación con ellos- desaparece completamente (44).

‘¿Qué queda de nosotros sin el conocimiento, sin la experiencia, sin la memoria? Sin eso no somos nada’. ¿Es usted algo más que eso ahora? Cuando dice, ‘sin conocimiento no somos nada’, usted simplemente hace una aserción verbal sin vivenciar ese estado. Cuando hace esa proposición hay una sensación de temor, el temor de quedar desnudo. Sin estos agregados usted es nada –lo cual es la verdad. y ¿por qué no ser eso? ¿Por qué todas estas pretensiones y presunciones? Hemos vestido esta nada con fantasías, con esperanzas, con diversas ideas reconfortantes; pero debajo de esa cubierta no somos nada, no como una abstracción filosófica, sino realmente nada. La vivencia de esa nada es el comienzo de la sabiduría (36).

La vida es una cosa extraña. Afortunado el hombre que nada es (10).

TOTAL

Es importante comprender el deseo de censurar o aprobar, de justificar o comparar, porque este deseo impide la plena comprensión del ser total. ¿Quién es el juez, quién es la entidad que divide y analiza las partes? ¿No es, acaso, sólo un aspecto del proceso total, un aspecto del ‘yo’, que mantiene constantemente el conflicto? El conflicto no se disipa introduciendo otra entidad que pueda representar la censura, la justificación o el amor. Sólo en libertad puede haber comprensión, pero la libertad es negada cuando el observador, mediante la identificación, condena o justifica (15).

Devenir y ser no tienen relación entre sí; se mueven en direcciones enteramente distintas; uno no conduce al otro. En la quietud del ser no existe el pasado en forma de observador, experimentador. No hay ninguna actividad del tiempo. No es un recuerdo que se esté comunicando, sino el movimiento efectivo mismo, el movimiento del silencio hacia lo inmensurable. Es un movimiento que no parte de un centro, que no va de un punto a otro; no tiene centro, ni observador. Es un viaje del ser total, y el ser total no tiene ninguna contradicción del deseo. En este viaje de la totalidad, no hay punto de partida ni de llegada. Toda la mente está quieta, y esta quietud es un movimiento que no es el viajar de la mente. ‘¿Queréis decir algo más sobre este ser total?’. Es el sentimiento de ser entero, no dividido, no fragmentado: una intensidad en la que no hay tensión, ningún tirón del deseo con sus contradicciones. Esta intensidad, este profundo y no premeditado impulso, es lo que derribará el muro que la mente ha erigido en torno suyo. Este muro es el ego, el ‘yo’, el sí mismo. Toda actividad del ‘yo’ es separativa, aisladora, y cuanto más pugna por abrirse paso a través de sus propias barreras, más fuertes se vuelven éstas. Los esfuerzos del ‘yo’ para liberarse sólo contribuyen a intensificar su propia energía, su propia pena. Cuando se percibe la verdad de esto, sólo entonces existe el movimiento del todo. Este movimiento carece de centro, no tiene principio ni fin; es un movimiento que trasciende la medida de la mente, la mente que se ha formado a través del tiempo (38).

En febrero de 1957 dijo: ‘volver insensibles los sentidos a lo que es tempestuoso, contradictorio, conflictivo, doloroso, implica negar toda la profundidad y belleza y gloria de la existencia. La realidad nos exige la totalidad de nuestro ser, requiere un ser humano total, no uno cuya mente se halla paralizada. Existe una batalla constante entre lo que soy y lo que yo debería ser. Esta es la red de dolor en la que el hombre se encuentra atrapado’ (10).

MISCELÁNEA

ACCIÓN

Donde hay una división del pensamiento, donde existe la idea del ‘yo’, la idea de ‘lo mío’ y ‘lo tuyo’, no puede haber integridad en la acción y, por lo tanto, no puede haber comprensión de la realidad viviente (12).

Cuando ve un cuadro hermoso, una bella pintura, se siente arrebatado: momentáneamente son una sola cosa, su acción es armoniosa, completa. O sea, que una belleza externa ha eliminado completamente de usted esta idea del ‘yo’, esta cosa particular (12).

El ‘yo’, la conciencia de sí mismo, ese ‘yo’ tan activo, no es más que un haz de corrupciones heredadas, de virtudes sociales y sus opuestos. Nuestra acción, pues, que no es sino una reacción, proviene de esta memoria a la cual llamamos el ‘yo’ (12).

Si no comprendemos un acontecimiento, si no vivimos completamente una experiencia, entonces el recuerdo de ese acontecimiento, de esa experiencia, subsiste en nuestra mente. Cuando tenemos una experiencia que no podemos comprender plenamente, cuyo significado no alcanzamos a ver, entonces nuestra mente regresa a esa experiencia. Así se crea la memoria. En otras palabras, ésta nace de la insuficiencia en la acción. Y, dado que tenemos muchas capas de recuerdos surgiendo de acciones incompletas, eso da origen a la conciencia de uno mismo, llamada el ego, la conciencia, egocéntrica, la cual no es sino una serie de recuerdos, una ilusión sin realidad alguna, sin sustancia, ya sea aquí o en el más elevado de los planos. Además, está la memoria de la autodisciplina, la cual es voluntad. La voluntad no es otra cosa que memoria. Después de todo, ustedes comienzan a disciplinarse conforme al patrón de la memoria. ‘Ayer hice esto’, dicen, ‘y he preparado mi mente para que no lo haga hoy’. Así, en la inmensa mayoría de los casos, el pensamiento y la emoción son enteramente la consecuencia del pasado, se basan en la memoria. Por lo tanto, en una acción semejante jamás hay plenitud de realización. Esa acción deja siempre una cicatriz en la memoria, y la acumulación de muchas de tales cicatrices se convierte en la conciencia egocéntrica, el ‘yo’, que siempre impide la comprensión completa. Esta conciencia del ‘yo’ es un círculo vicioso (12).

Cuanto más aplazan una acción, tanto menos la comprenden. Están conscientes sólo cuando hay conflicto; y en el éxtasis, en la verdadera percepción, existe una acción espontánea en la que no hay conflicto. Entonces no son conscientes de sí mismos como entidad, como el ‘yo’ (12).

La individualidad es la acumulación de los resultados de diversas acciones que han sido impedidas, obstaculizadas por ciertos valores heredados y adquiridos, así como por las limitaciones (13).

En su máximo alcance y expresión, el yo, nacido de la ignorancia, cuando actúa desde sí mismo debe crear
inevitablemente su propia esclavitud y su dolor (14).

Las ideas y las creencias que tuvieron mis antepasados y que me han sido transmitidas, se combinan

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con la acción y reacción de hoy día y se convierten en el ‘yo’ del presente. De este modo, el carácter se conserva y continúa: yo mismo, tal como soy al presente, renazco como otro en el futuro. Sin sentimentalismo ni falsas emociones ni prejuicios, uno puede percibir el significado profundo de lo que estoy diciendo; que nuestros predecesores, a causa de sus deseos, temores y esperanzas, crearon cierto patrón de pensamiento, y que este pensamiento, hasta cierto punto, continúa en nosotros; estas ideas, en combinación con las actuales, han originado ese pensamiento estrecho y limitado que es el ‘yo’ (14).

Que el ‘yo’ sea mantenido o no, es una cuestión muy vital, porque de ello depende todo el curso de nuestra acción (15).

En tanto haya autoconciencia que se expresa como el ‘yo’, no puede haber olvido de las actividades del ‘yo’. Cualquier acción de la voluntad, del deseo, es obvio que debe cultivar y fortalecer el ‘sí mismo’; y el ‘sí mismo’ es el haz de recuerdos, características, idiosincrasia, todo lo cual genera conflicto (16).

Ahora nosotros siempre actuamos desde un centro con un punto, que es el ‘yo’: ‘mis’ temores, ‘mis’ esperanzas, ‘mis’ frustraciones, ‘mis’ ambiciones, ‘mi’ condicionamiento sociológico, ambiental o religioso. Ese es el centro desde el cual reaccionamos, y mientras ese centro no sea completamente comprendido, por mucho que tratemos de resolver nuestros problemas, ellos no harán más que multiplicarse, y la miseria, la lucha, la catástrofe, sólo se acrecentará. Comprender el centro con un punto es dar fin a la reacción y producir un centro sin punto (33).

Vemos el ego, su actividad y su acción basadas en una idea. La acción basada en una idea es una forma del ego porque le proporciona continuidad, un propósito a esa acción. O sea, que la idea en acción se convierte en un medio de dar continuidad al ego. Si la idea no estuviera ahí, la acción tendría un significado completamente distinto, el cual no procede del ego. Las búsquedas de poder, posición, autoridad, ambición y todo lo demás son los aspectos del ego en todas sus distintas modalidades. Pero lo importante es comprender el ego (25).

ACTOR

Consideremos lo que es este ‘yo’, este actor, este observador, este centro del conflicto. No es sino un largo rollo de la memoria. Este ‘yo’ es un rollo de memoria en el cual hay acentuaciones. A estas acentuaciones o depresiones las llamamos ‘complejos’ y desde ellos actuamos (13).

Cuando uno discierne que no hay un ‘yo’ aparte de la acción, que el actor es la acción misma, entonces adviene gradualmente una plenitud, una insondable felicidad (14).

Adaptamos ‘poses’, nos ponemos máscaras. Y gradualmente la pose, la máscara, se convierten en el hábito diario, que encubre los muchos ‘yoes’ de la contradicción, la codicia, el odio y así sucesivamente. El ideal es una actitud, una máscara que encubre el hecho, lo real. Cualquier actividad que dé énfasis al yo, al ego, es destructora; trae dolor. Ésta es la cuestión principal. Exteriormente puede parecer que una acción es autoprotectora, pero interiormente puede no serlo en absoluto. Lo que otros digan o piensen a este respecto no tiene gran importancia, pero uno no debe engañarse a sí mismo. El autoengaño es muy fácil en cuestiones psicológicas. Sin escapar a monasterios, etc., ¿no es posible estar pasivamente alerta a las actividades del yo? Éste darse cuenta puede provocar una actividad enteramente diferente, que no engendra dolor y desdicha. El talento puede llegar a ser una maldición. El yo puede usar las capacidades y atrincherarse en ellas, y entonces el talento se convierte en el camino y la gloria del yo. El hombre talentoso puede ofrecer sus dotes a Dios, conociendo sus peligros; pero es consciente de sus dones, pues de lo contrario no los ofrecería, y es esta conciencia de ser o tener algo lo que hay que comprender. Es vanidad el ofrecer lo que uno es o tiene, con el fin de ser humilde (37).

ANHELO

Existe esta masa de reacciones nacidas de la condición, del medio, del prejuicio de los múltiples anhelos, y todo esto es la cosa que llamamos el ‘yo’ (13).

La fricción, el proceso del ‘yo’ surge a causa de la constante acción recíproca entre los anhelos, prejuicios, tendencias y limitaciones. El ‘yo’ no es más que una colección de recuerdos, de tendencias que nacen del anhelo, y la acción es ese roce que se produce entre el anhelo y el objeto anhelado (14).

El anhelo, identificándose con la memoria, crea el ‘sí mismo’, el ‘yo’, lo ‘mío’. Es el actor desempeñando diferentes papeles para acomodarse a las diferentes ocasiones, pero siendo internamente siempre el mismo (14).

Habiendo creado, a causa del anhelo, el proceso conflictivo del ‘yo’ y el ‘no yo’, su resultado natural es el aislamiento, la soledad más completa (14).

Gracias a un estado constante de percepción alerta y pasiva, el proceso profundo de anhelo –origen del ‘yo’ y, por ende, del conflicto y del dolor- es observado y comprendido (14).

¿No es el anhelo la raíz misma del ‘yo’? (15).

‘Yo’ es un vocablo que oculta el anhelo en sus diferentes formas. Para comprender el ‘yo’ es preciso percibir el anhelo en sus múltiples aspectos (15).

AUTOPROTECCIÓN

Para mí, esa cosa que se supone que continúa, es nada más que una serie de capas de memoria, de ciertas cualidades, ciertas acciones incompletas que han sido condicionadas, obstaculizadas por el miedo originado en la autoprotección. Esa conciencia incompleta es lo que llamamos el ego, el ‘yo’ (13).

La mente ha creado, a causa de su deseo de autoprotección y consuelo, muchos obstáculos y barreras, generando así su propia insuficiencia, su propio dolor. Para liberarse de este dolor, la mente empieza a batallar contra las resistencias y limitaciones que ella misma ha creado. En este conflicto ha nacido y se ha desarrollado la voluntad, con la cual se identifica la mente, dando así nacimiento a la conciencia del ‘yo’ . La voluntad no es sino otra de las ilusiones creadas en la búsqueda de autoprotección (13).

El ‘yo’ está armado, compuesto de partes, y el ‘yo’ no existe cuando las partes se disuelven. Pero, ilusoriamente, el ‘yo’ se separa de sus cualidades a fin de protegerse, de darse continuidad, permanencia. Se refugia en sus cualidades mediante el recurso de separarse de ellas. El ‘yo’ afirma que es esto y aquello; el ‘yo’ modifica, cambia, transforma sus pensamientos, sus cualidades; pero este cambio no hace sino fortalecer el ‘yo’, sus muros protectores (15).

CARÁCTER

P: el carácter, ¿es otro nombre para la limitación? K: El carácter se vuelve una limitación si es meramente una defensa egoísta contra la vida. Este desarrollo de resistencias contra el movimiento de la vida, se convierte en instrumento de autoprotección. En esto no puede haber inteligencia y la acción sólo puede crear más limitación y dolor. Hemos desarrollado un sistema en el cual, para poder vivir, tenemos que poseer lo que se conoce como carácter, que no es sino una resistencia cuidadosamente cultivada, una autodefensa contra la vida. Un hombre que quiera vivir, realizarse plenamente, debe tener inteligencia. El carácter se opone a la inteligencia. El carácter es tan sólo un obstáculo, una limitación, y en su desarrollo no puede haber realización creativa (13).

No hay nada permanente respecto del carácter; puede ser modificado, cambiado según las influencias ambientales. Hasta donde podemos ver, sólo hay carácter modificado, controlado, moldeado por el medio. Uno puede descubrir si hay algo más, sólo cuando comprende las influencias ambientales y rompe con ellas (16).

La degeneración viene cuando hay conflicto de cualquier clase, y es el conflicto el que os convierte en lo que se llama un individuo. Por el conflicto desarrolláis carácter, y dentro de la estructura psicológica de la actual sociedad tenéis conflicto; así pues, tenéis carácter. Ahí, carácter es resistencia. Para dejar el mundo y haceros monje necesitáis carácter (39).

CONFLICTO

Para mí, el ego, esa conciencia limitada, es el resultado del conflicto. Intrínsecamente, carece de valor, es una ilusión. Surge con la falta de comprensión, la cual, a su vez, crea conflicto, y a causa de ese conflicto se desarrolla la conciencia egocéntrica, limitada (12).

Si tengo una experiencia cuyo significado no comprendo por completo, la mente se convierte en un centro de conflicto, y este conflicto continúa hasta que comprendo esa experiencia en su totalidad. Mientras la mente está cargada con estos conflictos, no es más que un depósito de reacciones defensivas llamadas recuerdos y con tales recuerdos protectores abordamos la vida, creando así una barrera entre la vida y nosotros mismos, de lo cual resultan todos los conflictos, temores y sufrimientos. Esto es lo que hacemos la mayor parte del tiempo. En vez de hallarse en ese estado de vacío creativo, la mente se vuelve un mero depósito de recuerdos defensivos. A este manojo de reacciones defensivas le llamamos el ‘yo’, esa conciencia limitada (13).

Soy consciente de mí mismo sólo cuando hay conflicto. Si no hay conflicto, no soy consciente de mí mismo en la acción. Lo soy únicamente cuando hay una conclusión, una frustración, cuando deseo hacer algo y estoy impedido de hacerlo. Cuando uno quiere llevar a cabo alguna cosa y existe un obstáculo, hay frustración, y sólo entonces surge la conciencia del conflicto, o conciencia de ‘uno mismo’. El individuo, como ‘yo’, nace del conflicto, y entonces el ‘yo’ quiere realizarse, positiva o negativamente. El conflicto crea, pues, inevitablemente, un proceso separativo, crea al individuo como algo separado del grupo, de la comunidad, etc. Este proceso separativo del ‘yo’, sólo acentúa y fortalece el conflicto que vemos en la vida cotidiana (16).

Mientras no hay conflicto, no hay ‘yo’. Nosotros decimos que el conflicto es la medida del ‘yo’. Ayer no había conflicto, hoy sí que lo hay, y espero que no haya conflicto mañana. Este movimiento es el ‘yo’. Esta es la esencia del ‘yo’ (32).

El conflicto es la verdadera estructura del ‘yo’ (36).

CONSIDERACIÓN

I: una de las causas de conflicto en mí es la consideración por los demás, y la cuestión de saber qué es lo correcto hacer. K: señor, ¿qué es la compasión? ¿No es un estado de simpatía, de piedad, de consideración? Y en ese estado no existe por cierto el sentimiento de que estáis ayudando a otro (39).

Nosotros nos cuidamos de no ser sensibles; es demasiado penoso, demasiado apremiante, exige un constante ajuste, lo cual es consideración. Considerar es estar atentos, pero preferimos más bien que se nos consuele, que se nos adormezca, que se nos embote (36).

CONTINUIDAD

Piensan que el ‘yo’ habrá de continuar en el tiempo volviéndose cada vez más perfecto. Pero puesto que ese ‘yo’ es un mero resultado de la frustración, ¿cómo puede volverse perfecto? El ‘yo’, siendo una limitación, no puede llegar a ser perfecto. Debe permanecer para siempre como una limitación (13).

El ego no es algo real en sí mismo que, como el gusano que va de hoja en hoja, pasa de una existencia a otra reuniendo experiencia y aprendiendo sabiduría hasta que alcanza lo supremo que, según imaginamos, es la perfección. Ese concepto es erróneo, es tan sólo una opinión y no una realidad. El verdadero proceso del ‘yo’, del ego, puede discernirse percibiendo cómo, debido a la ignorancia, a las tendencias y a los anhelos, el ‘yo’ se forma y vuelve a formarse restableciendo a cada instante su continuidad. Lo que tiene vital importancia para cada uno de nosotros es descubrir si, a causa de la ignorancia con sus actividades volitivas, el proceso del ‘yo’ se perpetúa o no. Si este proceso que se nutre a sí mismo continúa, no puede tener existencia aquello que es real, verdadero (14).

La conciencia forma, mediante la acción de la ignorancia, su propia continuidad como un individuo y se aferra, con ansia desesperada, a esta identificación (14).

El ‘yo’, ¿es una entidad permanente, una esencia espiritual? ¿No es, acaso, un compuesto de elementos reunidos entre sí y, por lo tanto, es impermanente? ¿No es un resultado y, por eso, no puede ser una esencia espiritual? ¿No tiene el ‘yo’ una continuidad dada por la memoria que lo identifica, sujeta al tiempo y, en consecuencia, impermanente y transitoria? Están aquellos que, al darse cuenta de la impermanencia del ‘yo’, afirman que lo permanente puede ser hallado si nos deshacemos de las numerosas capas del ‘yo’, lo cual requiere tiempo y, por consiguiente, se torna necesario reencarnar. El ‘yo’, que es el resultado del anhelo, que es la causa de la ignorancia y del dolor, continúa, como podemos observarlo; pero para comprenderlo e ir más allá, no debemos pensar en términos de tiempo. Lo intemporal no se realiza a través del tiempo. ¿No es errónea esta manera de abordar la realidad mediante el gradualismo, mediante el lento proceso evolutivo, a través de nacimientos y muertes? ¿No es eso la racionalización del pensamiento condicionado, de la postergación, de la pereza y la ignorancia? (14).

Nosotros acumulamos recuerdos psicológicos y nos apegamos a ellos dando, de ese modo, continuidad al ‘yo’; por eso el ‘yo’, el pasado crece permanentemente añadiendo más y más a sí mismo. Esta memoria acumulativa, el ‘yo’, es la que debe llegar a su fin; en tanto el pensamiento-sentimiento siga identificándose con los recuerdos del ayer, vivirá siempre en conflicto y sufrimiento; en tanto siga deviniendo, no podrá experimentar la bienaventuranza de lo real. Lo real no es la continuación de la memoria que se identifica con el ‘yo’ (15).

El ‘yo’ está siempre a la búsqueda de continuidad, siempre procura crecer. Lo que crece conoce el deterioro, y lo que continúa conoce la muerte (15).

Hay una renovación constante del estado creativo, cuando el ‘yo’ y ‘lo mío’ están ausentes. El ‘yo’ es lo que origina continuidad y nos torna insensibles. Sólo en la constante terminación del ‘yo’ hay renovación. Únicamente entonces surge ese estado en el que no pueden existir ni el embotamiento ni la insensibilidad (15).

El ‘yo’ existe sólo por la identificación con la propiedad, con todas las cosas que habéis sido y queréis ser. Sois aquello con lo que os habéis identificado; estáis hecho de todo eso, y sin eso, no sois. Es esta identificación con las personas, con la propiedad y las ideas, lo que queréis que continúe, aun más allá de la muerte; ¿y es eso una cosa viva? ¿O es sólo una masa de contradictorios deseos, empeños, realizaciones y frustraciones, con sufrimientos que exceden a las alegrías? (37).

El yo es la continuidad. El yo es el resultado -no sólo genéticamente- de aquello que ha sido trasmitido de generación en generación desde hace milenios. Es una continuidad, y lo que es continuo es mecánico (10).

DESEO

Uno ve algo atractivo, lo anhela y lo posee. De ese modo, se ha establecido este proceso de percepción, deseo y adquisición, proceso que se sustenta a sí mismo. Hay una percepción espontánea, una atracción o repulsión, un aferrarse o un rechazar. Así que el proceso del ‘yo’ es independiente, actúa por sí mismo. O sea, no sólo se expande mediante sus propios deseos y acciones espontáneas, sino que se mantiene a sí mismo por medio de su propia ignorancia, sus tendencias, deseos y anhelos. La llama se alimenta de su propio calor, y el calor mismo es la llama. Del mismo modo, el ‘yo’ se mantiene a sí mismo mediante el deseo, las tendencias, la ignorancia. Más aún, el ‘yo’ mismo es deseo. El material para la llama puede ser una candela o un trozo de madera, y el material para el proceso del ‘yo’ es la sensación, la conciencia (14).

Si se observan en la acción, verán que su deseo, a causa del trasfondo de la tradición, de los falsos valores y de los recuerdos autodefensivos, renueva a cada instante el proceso del ‘yo’ que impide el verdadero discernimiento (14).

El ‘yo’ parece ser una entidad única, pero si logramos disminuir el ritmo veloz de sus actividades, percibiremos que no es una entidad única, sino que está compuesto de muchos deseos separados y muchas búsquedas compitiendo entre sí. Estos deseos y esperanzas, temores y alegrías, todos separados unos de otros, componen el ‘yo’ (15).

El deseo nunca es estático y, por ende, el ‘yo’ jamás está quieto. Está siempre luchando para obtener y para evitar (15).

Cualquier acción de la voluntad, del deseo, es obvio que debe cultivar y fortalecer el ‘sí mismo’; y el ‘sí mismo’ es el haz de recuerdos, características, idiosincrasia, todo lo cual genera conflicto (16).

Los recuerdos de los deseos satisfechos y de los insatisfechos, los recuerdos de esos agravios, de los resentimientos, de las ambiciones (…) todo eso soy yo; no estoy separado de eso (16).

El deseo constituye el ‘yo’ con sus recuerdos y reconocimientos. El ‘yo’ que dice, ‘suprimiré este deseo e iré en pos de aquél’, es el mismo resultado de todo deseo (37).

DOLOR

El ‘yo’ es el resultado de recordar las ofensas, el dolor, el placer, todo eso, la memoria almacenada como pensamiento en las células (58).

Si no hubiera un yo, ¿habría sufrimiento? Uno ayudaría, uno haría toda clase de cosas, pero no sufriría. El sufrimiento es la expresión del yo; esto incluye la autocompasión, el aislamiento, el tratar de escapar, el tratar de estar con el otro que se ha ido y todo lo que ello implica. El sufrimiento es el propio yo, que es la imagen, el conocimiento, el recuerdo del pasado (63).

Usted es su nombre. Usted es su forma, su cuerpo. Usted es las reacciones y las acciones. Usted es la creencia, el miedo, el sufrimiento y el placer. Usted es todo eso (66).

Cualquier actividad que dé énfasis al yo, al ego, es destructora; trae dolor (37).

ENERGÍA

La mayoría de nosotros tiene una idea de que el ‘yo’ es un ser separado, divino, algo perdurable que va tornándose más y más perfecto. Yo no apruebo nada de esto. La conciencia misma es el ‘yo’; uno no puede separar el proceso del ‘yo’, como algo distinto de la conciencia. No hay un ‘yo’ acumulando experiencias, que esté separado de la experiencia misma. Sólo existe este proceso, esta energía que está separada de la experiencia misma. Sólo existe este proceso, esta energía que está creando sus propias limitaciones por medio de los deseos que ella misma alimenta (14).

Hay múltiples fuerzas o energías únicas y separadas que operan en el mundo y que no pueden ser comprendidas en su totalidad. Sólo podemos comprender de modo fundamental e integral, la energía que tiene su foco en cada uno de nosotros y que es el ‘yo’. Es el único proceso que podemos comprender. Para comprender el proceso de esta energía única, el ‘yo’, se necesita un discernimiento profundo, no el estudio de deducciones y análisis intelectuales. Debemos tener una mente capaz de gran flexibilidad. Una mente cargada de deseo y temor, una mente que crea opuestos desde los cuales surge la opción, es incapaz de discernir el proceso sutil del ‘yo’, el centro de toda acción. Como lo he explicado, esta energía es única en cada caso; condiciona y es condicionada al mismo tiempo. Crea su propia limitación mediante sus actividades nacidas de la ignorancia. Esta energía única que opera en cada uno de nosotros y que no tiene comienzo, en su desarrollo autónomo llega a constituirse en la conciencia, el proceso del ‘yo’ (14).

Explicaré este proceso del ‘yo’, de la individualidad. Hay una energía que es única para cada individuo, la cual no tiene comienzo. Esta energía –por favor, no la atribuyan a ninguna divinidad ni le otorguen ninguna cualidad especial-, en su proceso de desarrollo espontáneo crea su propia sustancia o material, el cual está constituido por la sensación, el discernimiento y la conciencia (14).

Cuando usted ve un árbol debe tener la energía que no permita que exista esta división entre el ‘yo’ y el árbol. Comprender esto requiere tremenda energía (46).

Sólo existe el organismo, que es parte de la energía No hay ‘yo’ en absoluto, excepto la forma y el nombre en el pasaporte, y nada más, y por lo tanto todo, y en consecuencia todo es energía. Sólo está la forma. Eso es todo (66).

La estructura del yo aparece solamente cuando hay un registro de todo aquello que no es necesario; o sea, el conceder importancia al nombre, a la propia experiencia, las propias opiniones y conclusiones; todo eso significa la intensificación de la energía en el yo, lo cual es siempre un factor de distorsión (63).

ESPACIO

K: ¿hay diferencia entre el espacio exterior que es ilimitado y el espacio que existe en nosotros? ¿O no hay espacio en absoluto dentro de nosotros y sólo conocemos el espacio exterior? Conocemos el espacio en nosotros como un centro y una circunferencia. La dimensión configurada por ese centro y el radio que parte de ese centro, es lo que generalmente llamamos espacio. Needleman: el espacio interior, sí. K: sí, el espacio interior. Ahora bien; si hay un centro el espacio debe ser siempre limitado, y en consecuencia dividimos el espacio interno del espacio exterior. N: sí. K: nosotros sólo conocemos este espacio limitadísimo, pero pensamos que nos gustaría alcanzar el otro espacio, tener un espacio inmenso. Esta casa existe en el espacio, de otro modo no podría haber casa, y las cuatro paredes de esta habitación conforman su espacio. Y el espacio en mí es aquél que el centro ha creado alrededor de sí mismo. N: sí, el centro de interés. K: no tan sólo el centro de interés; él tiene su propio espacio, de otra manera no podría existir. N: sí, de acuerdo. K: del mismo modo, los seres humanos tienen un centro y desde ese centro ellos crean un espacio, el centro crea un espacio a su alrededor. Y tal espacio es siempre limitado, debe serlo; el espacio es limitado a causa del centro. Ese espacio se aísla a sí mismo. Desde él yo me considero importante, con mi ambición, mi frustración mi ira, con mi sexualidad, mi evolución, mi meditación mi accesible Nirvana. N: sí, eso es aislamiento. K: es aislamiento. Mi relación con usted es la imagen de ese aislamiento, que es ese espacio. Entonces, habiendo creado tal espacio, existe un espacio fuera de la alambrada de púas. Ahora bien; ¿hay un espacio de una dimensión por completo diferente? Esa es la cuestión. N: sí, eso abarca la pregunta. K: ¿cómo hemos de descubrir si el espacio a mi alrededor, alrededor del centro, existe? ¿Y cómo puedo descubrir al otro? Puedo especular acerca del otro, puedo inventar el espacio que me guste; ¡pero eso es demasiado abstracto, demasiado tonto! ¿Es posible estar libre del centro, de modo tal que el centro no cree espacio en torno de sí, que no edifique un muro de aislamiento a su alrededor, una prisión y llame espacio a eso? ¿Puede ese centro dejar de ser? De otro modo no puedo ir más allá; la mente no puede traspasar esa limitación. N: sí, veo lo que usted quiere decir. Es lógico, razonable. K: o sea: ¿qué es ese centro? Ese centro es el ‘yo’ y el ‘no-yo’, ese centro es el observador, el pensador, el experimentador, y en ese centro está también lo observado. El centro dice: ‘esa es la alambrada de púas que yo he creado alrededor de mí mismo’. N: de modo que ese centro también ahí está limitado. K: sí; por lo tanto se separa a sí mismo de la cerca alambrada, la cual se convierte de ese modo en lo observado. El centro es el observador -llamémoslo el observador por ahora-: el pensador, el experimentador, el conocedor, el batallador, el buscador, el que dice: ‘yo sé y usted no sabe’. Donde hay un centro éste debe tener un espacio en torno de sí. Y cuando él observa, observa a través de este espacio. Cuando yo observo aquellas montañas, existe un espacio entre yo y las montañas. Y cuando me observo a mí mismo, hay un espacio entre yo y la cosa que observo en mí. Cuando observo a mi esposa, la observo desde el centro de la imagen que tengo de ella, y ella me observa con la imagen que tiene de mí. Con que siempre hay esta división, este espacio. El espacio existe entre dos pensamientos, entre dos factores de tiempo, dos periodos de tiempo; porque el pensamiento es tiempo. Usted puede tener una docena de periodos de tiempo, pero eso es siempre pensamiento, existe ese espacio. Luego está el espacio en torno del centro y el espacio más allá del yo, más allá de la alambrada, más allá del muro que el centro ha erigido. El espacio entre el observador y lo observado es el espacio que el pensamiento creó como la imagen de mi esposa y la imagen que ella tiene de mí. Todo esto está fabricado por el centro. Especular acerca de lo que hay más allá de todo eso no tiene sentido para mi; ello constituye el pasatiempo de los filósofos. Yo no estoy interesado. ¡Lo siento, porque usted es un filósofo! Mi pregunta es: ‘¿puede el centro estar quieto, o puede el centro desvanecerse?’. Porque si eso no ocurre, entonces el contenido de la conciencia se dedica a crear espacio dentro de la conciencia y llama a eso el inmenso espacio. En esto hay engaño y yo no quiero engañarme. No digo que no soy moreno cuando soy moreno. ¿Puede entonces ese centro ser disuelto? Lo cual significa: ¿puede no haber imagen, ya que es la imagen la que separa? Esa imagen habla acerca del amor, pero el amor de la imagen no es amor. Por lo tanto, debo descubrir si el centro puede ser completamente absorbido, disuelto, o al menos yacer como un vago fragmento en la distancia. Si no hay tal posibilidad, entonces debo aceptar la prisión. Debo aceptar que no hay libertad y entonces puedo decorar mi prisión para siempre. Preguntamos: ‘¿puede la conciencia vaciarse a sí misma de su contenido?’. No que algún otro lo haga. No la divina gracia, el yo superior, algún ficticio agente externo. ¿Puede la conciencia vaciarse a sí misma de todo su contenido? Debe vaciarse a sí misma sin ningún esfuerzo. En el momento que hay esfuerzo, hay un observador que está realizando el esfuerzo para cambiar el contenido, el cual es parte de la conciencia. N: este vacío ha de efectuarse sin esfuerzo, en el instante. K: debe tener lugar sin un agente externo o interno que esté operando sobre el contenido. ¿Puede entonces ser hecho esto sin esfuerzo alguno, sin ninguna directiva que diga: yo cambiaré el contenido’? Esto significa vaciar la conciencia de toda voluntad de ‘ser’ o ‘no ser’. ¿Puede la mente, con todo su contenido, vaciarse a sí misma y, sin embargo, continuar siendo mente, no sólo algo que flota por ahí? Mi respuesta es: realmente no lo sé. Realmente no lo sé. Pero voy a descubrir –no en el sentido de esperar descubrir-. El contenido de mi conciencia es mi infelicidad, mi desdicha, mis luchas, mis sufrimientos, las imágenes que he acumulado a lo largo de la vida, mis dioses, las frustraciones, los placeres, los temores, las agonías, los odios; eso es mi conciencia. ¿Puede todo ello ser completamente vaciado? No sólo en el nivel superficial si no bien a fondo, incluso en el así llamado inconsciente. Si ello no es posible, entonces debo vivir una vida desdichada, debo vivir en interminable sufrimiento. No hay esperanza ni desesperanza. Estoy en una prisión. La mente ha de descubrir, pues, cómo liberarse ella misma de su contenido, vaciarlo totalmente, y no obstante vivir en este mundo. No convertirme en un simplón, sino tener un cerebro que funcione muy eficientemente. ¿Cómo ha de hacerse esto? ¿Puede en realidad hacerse? ¿O no hay escape para el hombre? Debido a que no veo cómo ir más allá de esto, invento todos los dioses, los templos, las filosofías, los rituales. Esto es meditación, verdadera meditación, no toda esa baratija falsificada. Ver si la mente –con el cerebro que ha evolucionado a través del tiempo, que es el resultado de miles de experiencias, el cerebro que funciona eficientemente sólo en completa seguridad-, ver si la mente puede vaciarse a sí misma y tener, no obstante, un cerebro que funcione como una máquina maravillosa (43).

EVOLUCIÓN

P: ¿evolucionará la conciencia? K: mucha gente piensa que hay una conciencia universal o cósmica o como sea que la llamen, y una conciencia particular, individualista. La que conocemos íntimamente es la conciencia individualista, limitada y usted me pregunta si esta conciencia progresa, evoluciona. ¿Qué entiende por conciencia individual? Esta conciencia limitada es el resultado del conflicto entre el deseo y el medio, es decir, entre el presente y el pasado; esta conciencia es el producto de numerosas imposiciones, compulsiones a las que la mente se ha sometido en la búsqueda de seguridad; es también las muchas cicatrices que ha dejado la acción incompleta. El ‘yo’ o la conciencia egotista se compone de esos conflictos, de estas compulsiones y de las numerosas imposiciones, compulsiones a las que la mente se ha sometido en la búsqueda de seguridad; es también las muchas cicatrices que ha dejado la acción incompleta. El ‘yo’ o la conciencia egotista se compone de estos conflictos, de estas compulsiones y de las numerosas capas de recuerdos autodefensivos. Con este trasfondo la mente vive, de principio a fin, una experiencia y aprende de ella tan sólo futuros recuerdos para protegerse a sí misma. Cuando usted dice que está aprendiendo por medio de la experiencia, lo que fundamentalmente quiere decir es que está erigiendo mayores y más hábiles muros de autodefensa. Así, cada experiencia crea ulteriores defensas, barreras contra la vida. Usted me pregunta si esta conciencia limitada, teniendo sus raíces en la autoprotección, evoluciona y se perfecciona. ¿Cómo puede hacer eso? No puede. Por mucho que parezca evolucionar, debe permanecer siendo siempre un centro de limitación y frustración. Una conciencia basada en recuerdos autoprotectores debe conducir a la ilusión, no a la realidad (13).

Existe lo simple y lo muy complejo; simplicidad y gran complejidad de la forma, simplicidad y gran sutileza del pensamiento: la rueda simple de hace miles de años y la compleja maquinaria de hoy en día. Lo simple que se torna complejo, ¿es evolución? Cuando usted habla de evolución, no piensa tan sólo en la evolución de la forma. Piensa en la sutil evolución de la conciencia a la que llama el ‘yo’. De esto surge la pregunta: ¿hay un crecimiento, una continuación futura para la conciencia individual? ¿Puede el ‘yo’ llegar a contener lo total, a ser permanente, perdurable? Aquello que es susceptible de crecer, no es eterno. Lo perdurable, lo verdadero, está en perpetuo devenir. Es movimiento sin opciones. Usted me pregunta si el ‘yo’ evolucionará, si llegará a ser glorioso, divino. Espera que el tiempo destruya o aminore el dolor. Mientras la mente permanezca atada al tiempo, habrá conflicto y dolor. Mientras la conciencia se identifique, se renueve y se reconstituya como el ‘yo’ mediante sus propias actividades determinadas por el miedo y sujetas al tiempo, tiene que haber sufrimiento. No es el tiempo lo que los liberará del sufrimiento. El ansia de experiencias, de oportunidades, el comparar recuerdos, no puede traer consigo la plenitud de la vida, el éxtasis de la verdad. La ignorancia busca perpetuar el proceso del ‘yo’; y la sabiduría llega cuando cesa la renovación automática de la conciencia limitada. La mera complejidad de lo acumulado no es sabiduría, inteligencia. La acumulación, el crecimiento, el tiempo, no dan origen a la plenitud de la vida. Una vida sin temor es el comienzo de la comprensión, la cual se halla siempre en el presente (14).

FIN

Ustedes están buscando la perpetuación de esa conciencia que es el resultado del medio y a la cual llaman el ‘yo’; ese ‘yo’ puede desaparecer sólo cuando existe la comprensión del medio (13).

Cuando la mente no se halla presa en el conflicto de los opuestos, es capaz de discernir, sin opción alguna, todo el proceso del ‘yo’ (14).

¿Por qué no se han dedicado a negar, no el mundo –uno no puede negar el mundo- sino el ‘yo’? (24).

K: ¿existe un procedimiento, un sistema, un método para ponerle fin al ‘yo’? ES: no, no creo que haya ningún procedimiento o método. K: por lo tanto, no hay ninguna elección. ¡Tiene que hacerse instantáneamente! Esto debemos tenerlo muy claro. Todas las religiones han ofrecido procedimientos. Todo el sistema evolutivo es, en términos psicológicos, un procedimiento. Si usted dice -y para mí eso es una realidad- que de ninguna manera puede tratarse de un procedimiento, el cual es una cuestión de tiempo, de grado, de proceso gradual, entonces sólo existe un problema, o sea ponerle fin de inmediato. ES: o sea, destruir al monstruo de golpe. K: ¡de inmediato! ES: sí, no cabe la menor duda de que eso es lo que hay que hacer. Debemos destruir la cualidad objetiva del ‘yo’. K: no, yo no hablaría de ‘destruir’, sino de la terminación del ‘yo’ con toda la acumulación, todas las experiencias, el dogma, todo lo que ha almacenado consciente e inconscientemente. ¿Puede ese contenido ser desechado? No por el esfuerzo, por mí. Si digo que es desechado por mí, eso sigue siendo el ‘yo’. O si lo descarto a fuerza de voluntad, sigue siendo el ‘yo’. El ‘yo’ permanece (18).

Sólo en el terminar existe lo inagotable (36).

FINAL

Si uno está viviendo sin ese sentido del ‘yo’, lo cual implica el descubrimiento de los valores genuinos, entonces ya no está más limitado por el tiempo. Ahora, estamos limitados por el tiempo. Hay ayer, hoy y mañana, no una cosa completa sin comienzo ni final. Ese devenir intemporal, ese devenir en el que no hay tiempo, en el que no existe la división de pasado, presente y futuro, sólo puede usted comprenderlo cuando su mente está libre de toda opción, porque la opción crea los opuestos. Y en el verdadero discernimiento, que no tiene su origen en los opuestos, hay una viviente realidad intemporal (12).

El ‘yo’ puede desaparecer sólo cuando existe la comprensión del medio. La inteligencia funciona, entonces, normalmente, sin restricción ni compulsión alguna (13).

Para comprendernos a nosotros mismos, debemos volvernos conscientes de este proceso por el que se forma el ‘yo’. Discerniremos, entonces, que este proceso no tiene comienzo pero que, por medio de la constante percepción alerta y el recto esfuerzo, puede hacerse que llegue a su fin. El arte de vivir consiste en terminar con este proceso del ‘yo’. Es un arte que requiere gran discernimiento y recto esfuerzo. No podemos comprender ningún otro proceso que no sea ese proceso de la conciencia, del cual depende la individualidad. Mediante el recto esfuerzo se discierne cómo surge a la existencia el proceso del ‘yo’, y también mediante el recto esfuerzo se puede terminar con ese proceso (14).

La terminación del proceso del ‘yo’ es el comienzo de la sabiduría; sólo ésta podrá dar origen a un orden inteligente y traer felicidad a este mundo caótico (14).

El ‘yo’ es una obra de muchos volúmenes que uno no puede leer en un día, pero una vez que se comienza a leerla, es preciso leer cada palabra, cada frase, cada párrafo, porque en ello están las insinuaciones de lo total. El comienzo de la obra es el final. Si uno sabe cómo leer, encontrará allí la suprema sabiduría (14).

Sólo en la muerte del ‘yo’ hay vida (15).

‘¿Tendría la bondad de explicar qué se entiende por olvido de uno mismo?’. ¿No lo sabe? ¿No conoce esos instantes en que uno es feliz, pacífico, en que está muy sereno y quieto? ¿No se revela un estado que no contiene esfuerzo alguno, un estado en el que llega a su fin el proceso de pensamiento que implica el ‘yo’? En tanto hay autoconciencia que se expresa como el ‘yo’, no puede haber olvido de las actividades del ‘yo’ (16).

Todos destacan la individualidad y no la liberación respecto de ésta (16).

Existe únicamente un estado de constante experimentar; no el núcleo, el centro, el ‘yo’, la memoria experimentando, sino sólo un estado de experimentar. Esto lo hacemos en ciertas ocasiones, cuando el ‘yo’ está por completo ausente (16).

Al conocerse uno totalmente –no en algún nivel de la conciencia, sino como un proceso total que prosigue de manera constante-, al darse uno cuenta de eso, adviene un estado de libertad con respecto al ‘yo’, y sólo entonces es posible que la mente esté en silencio (16).

La terminación del sí mismo, del ‘yo’, implica ser nada. La palabra ‘nada’ (nothing) quiere decir ‘ninguna cosa’ (not a thing). Ninguna cosa creada por el pensamiento. Ser nada es no tener imagen alguna sobre uno mismo. Pero tenemos muchas imágenes de nosotros mismos. No tener imagen de ninguna clase, no tener ninguna ilusión, es ser absolutamente nada. El árbol nada es para sí mismo. Existe, y en el mismo hecho de existir es una cosa supremamente bella, como aquellos cerros: existen. No se convierten en cosa alguna, porque no pueden. Como la semilla de un manzano: es manzana. No trata de convertirse en pera o en otra fruta: es (54).

Cuando el ‘yo’ está ausente, lo otro es. Obviamente, es así de simple. ¿Sabe, señor?, me dijeron que el símbolo cristiano, la cruz, es un símbolo muy, muy antiguo, anterior a su aceptación por los cristianos. Significaba aniquilar el yo (50).

Si el ‘yo’ se termina, ¿qué queda? ¿Sólo el vacío? Eso no suscita el menor interés. Pero si uno está investigando sin ningún sentimiento de premio o castigo, entonces existe algo. Decimos que ese algo es vacío total, que es energía y silencio (27).

Sólo cuando nos damos cuenta, sin reacción alguna, de la totalidad de nuestro ser, sólo entonces, el condicionamiento llega a su fin de manera completa y profunda, lo cual implica estar realmente libres del ‘yo’ (44).

P: ‘para usted, el punto supremo de la cultura es la disolución del yo. Cuando se refiere a la disolución del hecho, se trata esencialmente de la disolución del yo’. K: ‘sí. Pero la disolución del yo se ha vuelto un concepto, y nosotros le rendimos culto al concepto’ (10).

Krishnaji preguntó: ‘¿es posible tener una mente por completo vacía, libre de cualquier fluctuante movimiento del yo? ¿Puede cesar el movimiento hacia delante y hacia atrás? ¿Acaso, no ese encuentra en esto la disolución del yo?’ (10).

FRAGMENTO

¿Qué implica esa palabra, ‘integración’? Implica producir unificación o armonía reuniendo las diferentes partes. Ahora bien, no podéis integrar el cuerpo, la mente y los sentimientos, porque siempre están divididos. Nada puede unirse si está dividido por el conflicto interno. Por favor, escuchad esto un poquito. A todos nos gusta mucho esa palabra ‘integración’. La usan los políticos, los psicólogos, y nosotros también charlamos como ellos, ensartando esa palabra de varias maneras. ‘Integrar’ implica una entidad que reúne las diversas partes: uno de fuera, o uno de dentro, que coloca los fragmentos en armoniosa yuxtaposición. Mientras haya una entidad que esté haciendo un esfuerzo para integrar, no podrá haber integración, porque hay una contradicción, una división entre la entidad y las partes que están separadas, entre la idea y el hecho. Hay un conflicto creado por el esfuerzo para reunir los diversos fragmentos, y carece de sentido toda ‘integración’ de esa clase. Por mucho que hablemos sobre ello, el hecho de la integración no es posible. Pero si habéis indagado profundamente en esta cuestión y habéis comprendido la imposibilidad de la integración mientras haya una entidad que está tratando de reunir los fragmentos, si habéis comprendido esto por completo, entonces hallaréis que se está realizando una operación del todo distinta. No hay entonces entidad alguna, y por tanto no hay contradicción, y por consiguiente hay armonía (39).

No vemos el peligro de toda la fragmentación que tiene lugar cuando el ‘ego’, el ‘yo’, se tornan importantes, tampoco vemos el peligro de la fragmentación del ‘yo’ y del ‘no yo’. Tan pronto existe esa fragmentación en nosotros mismos tiene que haber conflicto; y el conflicto es la raíz misma de la corrupción (8).

Un mente humana ha comprendido que ‘yo’ soy el mundo y que el mundo es lo que yo soy, que mi conciencia es la conciencia del mundo y que la conciencia del mundo soy yo mismo. Que el contenido de la conciencia con todas sus miserias, etc., es la conciencia misma, y que dentro de esa conciencia hay un millar de fragmentaciones. Que un fragmento de esos muchos fragmentos se convierte en la autoridad, el censor, el observador, el examinador, el pensador (43).

GENERAL

Para mí, no existe un poder espiritual externo, ni esa cosa subjetiva que llamamos el ‘yo’ o el yo superior del cual derivamos poder. Ambos son sensación (12).

El discernimiento es esencial para la comprensión del proceso del ‘yo’. Sólo por medio del discernimiento pueden resolverse los numerosos problemas que constantemente se crea a sí mismo el proceso del ‘yo’ (14).

El ‘yo’ es un estado de condicionamiento y limitación; por consiguiente, es irreal. La realidad es un estado que se halla libre del ‘yo’, del ‘sí mismo’ (14).

Es importante descubrir lo que somos, sentirnos sorprendidos y conmocionados al descubrir lo que somos realmente, cuando pensábamos que éramos tan maravillosos. Es romántico, idiota y estúpido pensar que uno es esto o aquello (16).

No vemos porque nos miramos a nosotros mismos siempre condenando, comparando, evaluando. Por lo tanto, nunca nos vemos como somos. Vernos como somos es dar origen a un cambio radical en nosotros mismos (72).

El ‘yo’ jamás puede experimentar lo desconocido, la realidad, Dios o como le llaméis. El ‘yo’, la mente, el ‘ego’, es el manojo de lo conocido, que es memoria, y la memoria sólo puede reconocer sus propias proyecciones, no puede reconocer lo desconocido (34).

IDENTIFICACIÓN

Uno es consciente del ‘yo’ sólo cuando está atrapado en el conflicto de la opción, de la dualidad. En este conflicto nos volvemos conscientes de nosotros mismos y nos identificamos con una cosa u otra, y de esta continua identificación resulta la idea del ‘yo’ (12).

El proceso del ‘yo’ empieza y continúa en la identificación con sus propias limitaciones autocreadas (14).

Emocionalmente cada uno de nosotros se aferra a un centro personal, estático, y se identifica con él. En realidad, no existe un centro como el ‘yo’ con sus cualidades permanentes. Debemos comprender esto de manera integral –no sólo con el intelecto- si es que hemos de cambiar fundamentalmente la relación que tenemos con nuestro prójimo, relación que se basa en la ignorancia, el miedo y los deseos (14).

Primero está la percepción, después el contacto, el deseo y la identificación. Antes de eso, el ‘yo’ carece de existencia (16).

La acción no radica en amoldarse a una idea en particular. En tal caso, es una mera continuación del pensamiento, no es una acción. Y ¿no podemos vivir, acaso, sin amoldar la acción a una idea? Porque las ideas continúan; y si amoldamos la acción a una idea, damos continuidad a la acción; por lo tanto, nos identificamos, como el ‘yo’ y ‘lo mío’, con la acción. En consecuencia, por obra de la ideación fortalecemos el ‘yo’, que es el origen de todo el conflicto y la desdicha (16).

DB: necesitábamos cierta sensación de identidad para poder funcionar. K: sí, para funcionar. DB: para saber dónde pertenecemos. K: sí. ¿Y es ése el movimiento que ha dado origen al ‘yo’? ¿El movimiento externo? Yo tenía que identificarme con la familia, con la casa, el oficio o la profesión. ¿Todo eso se convirtió paulatinamente en el ‘yo’? (27).

Si experimentáramos y comprendiéramos profundamente que el ego siempre es transitorio, entonces no habría identificación con ninguna forma especifica de anhelo, con ningún país o nación en particular, ni con ningún sistema organizado de pensamiento o religión, porque con la identificación viene el horror de la guerra, la crueldad de la llamada civilización (25).

Sin posesiones, el ‘yo’ no existe; el ‘yo’ es la posesión, los muebles, la virtud, el nombre. En su miedo a no ser, la mente se apega al nombre, a los muebles, al mérito; y abandonará estas cosas con el fin de alcanzar un nivel superior, siendo eso superior lo más gratificante, la más permanente. El miedo a la incertidumbre, a no ser, contribuye al apego, a la posesión. Cuando la posesión es insatisfactoria o penosa, renunciamos a ella por un apego más placentero. La máxima posesión satisfactoria es la palabra Dios, o su sustituto, el Estado (44).

Su ser es la identidad con el país, con la literatura, con el idioma, con los dioses; usted está identificado y, por lo tanto, ha echado raíces en un lugar y, en consecuencia, eso se convierte en el ser. Aparte de eso, no hay un ser separado, un ser espiritual, divino; yo no creo en todo eso, soy enteramente escéptico (11).

Yo soy aquello a lo que estoy apegado (47).

En el observar con todos nuestros sentidos, no hay identificación (10).

IGNORAR

La conciencia limitada del ‘yo’ es el resultado de acciones incompletas, y esta conciencia limitada crea sus propias ilusiones y está atrapada en su propia ignorancia; cuando la mente se libera de su propia ignorancia y de su ilusión, entonces existe la realidad, no ‘uno’ que llega a ser esa realidad (13).

El proceso del ‘yo’ es el resultado de la ignorancia; como la llama alimentada por el aceite, se sostiene mediante sus propias actividades. Es decir, el proceso del ‘yo’, la energía del ‘yo’, la conciencia del ‘yo’ es el resultado de la ignorancia, y la ignorancia se mantiene mediante las actividades que ella misma crea; es estimulada y sustentada por sus propias acciones, que se basan en el anhelo y el deseo (14).

El proceso del ‘yo’ no avanza hacia la realidad, hacia una felicidad mayor, hacia la inteligencia, sino que él mismo está creando su propio dolor, su propia confusión (14).

El verdadero proceso del ‘yo’, del ego, puede discernirse percibiendo cómo, debido a la ignorancia, a las tendencias y a los anhelos, el ‘yo’ se forma y vuelve a formarse restableciendo a cada instante su continuidad. La voluntad originada en el deseo se perpetúa mediante sus propias actividades volitivas. A causa de la acción de la ignorancia y del proceso por el que ésta se nutre a sí misma, la limitación, como conciencia, crea su propia limitación futura y su dolor. En este círculo vicioso está atrapada toda existencia (14).

IMAGEN

¿Por qué está uno encolerizado? Porque se siente herido, porque alguien ha dicho algo ofensivo. Y cuando alguien dice una cosa aduladora, os sentís complacidos. ¿Por qué os ofendéis? Amor propio, ¿no es así? ¿Y por qué existe el amor propio? Es porque tenemos una idea, un símbolo, una imagen de nosotros mismos, de lo que deberíamos ser, de lo que somos o de lo que no deberíamos ser. ¿Por qué creamos una imagen de nosotros mismos? Porque jamás hemos estudiado lo que de hecho somos. Creemos que deberíamos ser esto o aquello, el ideal, el héroe, el ejemplo. Lo que suscita cólera es que se ataque nuestro ideal, que tenemos de nosotros mismos. Y nuestra idea de nosotros mismos es nuestra evasión del hecho de lo que somos. Pero cuando observáis el hecho real de lo que sois, nadie puede heriros. Entonces, si uno es un mentiroso y le dicen que lo es, ello no significa que le ofenden a uno; es un hecho. Pero cuando pretendéis no ser mentiroso, y se os dice que lo sois, entonces os irritáis, os violentáis. Estamos, pues, viviendo siempre en un mundo de ideas, un mundo de mitos, y jamás en un mundo de realidad. Para observar lo que es, para verlo, para estar familiarizado efectivamente con ello, es necesario que no haya juicio, ni valoración, ni opinión, ni temor (35).

I: ¿no es importante para mí averiguar por qué puedo ser lastimado psicológicamente? K: eso es bastante simple. Somos muy sensibles, hay una docena de razones. Yo tengo una imagen de mí mismo, y no quiero que usted lastime esa imagen. Pienso que soy un gran hombre, pero viene usted y me clava ahí un alfiler, y eso me lastima. O me siento terriblemente inferior y me encuentro con usted que se siente extraordinariamente superior, y quedo lastimado. Usted es inteligente, yo no lo soy. Me siento lastimado. Usted es hermoso, yo no lo soy. El conocimiento de haber sido lastimado –no sólo físicamente sino psicológica, internamente- ha dejado una marca en el cerebro, un recuerdo. El recuerdo es conocimiento. ¿Por qué debería yo estar libre de ese conocimiento? Si lo estoy, usted volverá a lastimarme. Por lo tanto, ese conocimiento actúa como una resistencia, como un muro. ¿Y qué ocurre en la relación entre seres humanos cuando existe este muro entre usted y yo? ¿Por qué tiene usted la imagen? ¿Por qué no se gusta a sí mismo tal como es? ¿Qué es usted? ¿Se ha mirado sin una imagen? Seamos sencillos. Yo tengo una imagen de usted como persona muy inteligente, lúcida, brillante, despierta, iluminada. Una imagen tremenda. Y comparándome con usted soy un torpe. Si me mido en contraste con usted, encuentro que soy inferior, evidentemente. Esto me hace sentir que soy muy torpe, muy estúpido, y debido a ese sentimiento de inferioridad, de estupidez, tengo otros muchos problemas. Ahora bien, ¿Por qué, en modo alguno, he de compararme con usted? ¿Será porque desde la infancia hemos sido educados para comparar? En las escuelas comparamos por medio de las calificaciones, de los exámenes. La madre dice: ‘sé tan brillante como tu hermano mayor’. Existe esta terrible comparación, que prosigue a lo largo de toda la vida (60).

I: cuando estoy alerta a mi imagen, y mi imagen desaparece, ¿no es eso, en sí mismo, percepción alerta? K: cuando estoy alerta a mi imagen, ¿existe la imagen? No, no existe (60).

El pensamiento es una respuesta o movimiento de la memoria. Cuando aprendo cómo manejar un automóvil, ésa es la respuesta del conocimiento, el cual se halla almacenado, y yo manejo. Así, el pensamiento ha creado la imagen y, debido a que es un fragmento, ha creado el ‘yo’, pensando que el ‘yo’ y la imagen son diferentes. El pensamiento ha creado la imagen, y el pensamiento dice: ‘la imagen es muy efímera, está cambiando siempre, pero hay un yo que es permanente’. El pensamiento ha creado a ambos (69).

El intelecto, que es pensamiento, crea la imagen que luego es susceptible de ser lastimada (55).

Mientras exista la división entre el observador que fabrica las imágenes, y el hecho -el cual no es una imagen sino solamente el hecho-, tiene que haber un perpetuo conflicto. Ello es una ley (63).

Él [se refiere Krishnamurti a sí mismo, eludiendo utilziar la palabra ‘yo’] nunca ha sido lastimado pese a las muchas cosas que le sucedieron, halagos e injurias, amenazas y seguridad. No es que él fuera insensible o inconsciente. No tenía una imagen de sí mismo, ni conclusión ni ideología alguna. La imagen es resistencia, y cuando ésta no existe hay vulnerabilidad pero no hay heridas psicológicas. Uno no puede buscar ser vulnerable, altamente sensible, porque aquello que se busca y encuentra, es otra forma de la misma imagen. Se trata de comprender este movimiento total, no sólo verbalmente, sino que es necesario hacerlo con un discernimiento directo e instantáneo. Darse cuenta de su estructura íntegra sin reserva alguna. Ver la verdad de todo ello es el fin del constructor de la imagen. Se trata de comprender este movimiento total, no sólo verbalmente, sino que es necesario hacerlo con un discernimiento directo e instantáneo. Darse cuenta de su estructura íntegra sin reserva alguna. Ver la verdad de todo ello es el fin del constructor de la imagen (22).

MATERIA Y ESPÍRITU

El mundo se halla desgarrado entre dos grupos: aquellos que creen que la vida material es de fundamental importancia –la vida material de la sociedad, la modificación del entorno, el reacondicionamiento del hombre al ambiente-, y aquellos que conceden primordial importancia a la vida espiritual. La izquierda cree en la modificación y transformación del entorno, y están los que creen que sólo la vida espiritual del hombre es de importancia fundamental. Así, pues, ustedes y yo debemos descubrir la verdad de esa cuestión. De acuerdo con ella, nuestra vida será recta, virtuosa. Los especialistas dicen que el entorno viene primero, y están los que dicen que primero viene el espíritu; y nosotros tenemos que descubrir la verdad al respecto. No es una cuestión de creencia, porque la creencia carece de toda validez en relación con la experiencia directa. ¿En qué pondremos el acento? ¿En el entorno o en la vida espiritual? ¿Y cómo vamos a descubrir, ustedes y yo, la verdad de esta cuestión? No mediante interminables lecturas, no siguiente a peritos de la izquierda o de la derecha, no yendo detrás de los que creen que la vida material de la sociedad es de primordial importancia, y no estudiando todos sus libros, todo su experto conocimiento, ni tampoco siguiendo a los que, con su literatura, creen que la vida espiritual viene primero. Limitarnos a creer lo uno o lo otro implica, por cierto, no encontrar la verdad con respecto a todo esto. Por consiguiente, para descubrir esa verdad, ¿no debemos primero estar libres tanto de nuestro trasfondo religioso como del materialista? Eso implica que no podemos limitarnos a aceptar; ante todo, debemos liberarnos de ambos condicionamientos: del que nos hace creer que la importancia fundamental radica en la vida material de la sociedad, y del que nos hace creer que es de primordial importancia la vida espiritual, la vida del espíritu. A fin de encontrar la verdad, debemos liberarnos de ambos condicionamientos. Por cierto, se trata de un hecho obvio. Para descubrir la verdad de algo, es preciso abordarlo de una manera pura, nueva y sin ningún prejuicio. Así, para encontrar la verdad acerca de esto, ustedes y yo debemos liberarnos de nuestro trasfondo, de nuestro entorno; ¿es eso posible? O sea, ¿vivimos tan sólo de pan? ¿O existe algún otro factor que moldea el resultado externo, el entorno, de acuerdo con nuestra psicología interna? Descubrirlo es, evidentemente, de importancia fundamental para cada ser humano responsable y serio, porque de esto dependerá su acción; y para ello, uno tiene que estudiarse a sí mismo y estar alerta así mismo cuando actúa. El aspecto material de la sociedad, ¿juega el papel principal en nuestra vida? ¿Lo juega el entorno, el medio en que vivimos? Para la mayoría de nosotros esto es lo que sucede, obviamente. ¿Moldea el entorno nuestros pensamientos y sentimientos? Y ¿dónde comienza la así llamada vida espiritual, y dónde termina la influencia del entorno? Por cierto, para descubrirlo uno debe estudiar sus propias acciones, sus pensamientos y sentimientos. En otras palabras, tiene que haber conocimiento propio; no el conocimiento que se encuentra en un libro, que se recoge de diversas fuentes, sino el que surge en el vivir de día en día, de instante en instante, ese conocimiento respecto del ‘yo’, cualquiera que sea el nivel en que uno lo sitúe (16).

MEDIO

Averigüemos si el ‘yo’ es algo permanente, eterno. Para mí, esta conciencia limitada no es eterna. Es el resultado de un medio falso y de creencias falsas (13).

Cuando ustedes hablan acerca del ‘yo’, de ‘lo mío’, mi casa, mi disfrute, mi esposa, mi hijo, mi amor, mi temperamento, ¿qué es eso? No es otra cosa que el resultado del medio (13).

Mientras la mente –que es inteligencia- se halla cautiva de la memoria –que es la conciencia del ‘yo’-, existe la búsqueda de lo falso por parte de lo falso. Este ‘yo’, como lo he explicado, es la falsa reacción al medio (13).

La conciencia del ‘yo’, no es sino la falta de comprensión respecto del medio (13).

Ustedes están buscando la perpetuación de esa conciencia que es el resultado del medio y a la cual llaman el ‘yo’ (13).

Si comprendo el medio sin que haya lucha interna, no hay conciencia de ‘mí mismo’ (16).

MEMORIA

La memoria se extiende a lo largo del tiempo, coagulándose y solidificándose en la conciencia egocéntrica del ‘yo’. Cuando hablamos del ‘yo’, de eso se trata. Es la cristalización, la solidificación de la memoria de nuestras reacciones, las reacciones de la experiencia, los incidentes, las creencias, los ideales; después de convertirse en una masa solidificada, esa memoria se identifica y confunde con la mente. Si reflexiona sobre ello lo verá, la conciencia egocéntrica, esa conciencia de lo individual, el ‘yo’, es nada más que el manojo de la memoria, y el tiempo no es sino el campo donde esa memoria puede funcionar y actuar (13).

La mente es inteligencia, pero la memoria se ha impuesto sobre la mente. Esto es, siendo la memoria esa conciencia del ‘yo’, se identifica a sí misma con la mente, y la conciencia del ‘yo’ viene a ser como si estuviera entre la inteligencia y la mente, dividiendo, embotando, bloqueando y falseando la inteligencia. De este modo, identificándose a sí misma con la mente, la memoria trata de convertirse en inteligencia, lo cual, para mí, es erróneo –si es que puedo usar aquí la palabra ‘erróneo’- porque la mente misma es inteligencia, y es la memoria la que corrompe la mente y, de tal manera, oscurece a la inteligencia (13).

Cuando usted se refiere al ‘yo’, ¿qué entiende por ‘yo’? Entiende el nombre, la forma, ciertas virtudes, idiosincrasias, ciertos prejuicios y recuerdos. En otras palabras, el ‘yo’ es nada más que muchas capas de la memoria, el resultado de la frustración, de la acción limitada por el medio, la cual origina insuficiencia y dolor. Estas numerosas capas de recuerdos, de frustraciones, se convierten en la conciencia limitada que ustedes llaman el ‘yo’ (13).

El ‘yo’ no es si no el producto de recuerdos acumulados que causan fricción entre uno mismo y el movimiento de la vida, entre los valores definidos y los indefinidos. Esta fricción misma es el proceso del ‘yo’ (14).

El ‘yo’, que es memoria de placer y dolor, está siempre recogiendo y descartando, forjando siempre de nuevo las cadenas de su propio condicionamiento. Construye y destruye, pero siempre dentro de la prisión que él mismo ha creado. Se aferra al recuerdo agradable y desecha el desagradable (15).

Yo soy mis recuerdos, y si permito que esos recuerdos se terminen, yo me termino. Estos recuerdos acumulados carecen de sustancia en sí mismos, pero la rememoración constante que los identifica, les da vitalidad. El ‘yo recuerdo’ es el proceso identificador con el pasado. El pensamiento, producto del pasado, le otorga continuidad, a través del presente, hacia el futuro. El hábito de rememorar, el hábito de acumular, continúa (15).

El ‘yo’ es un haz de recuerdos y nada más. No hay una entidad espiritual como el ‘yo’ o aparte del ‘yo’, porque cuando usted afirma que hay una entidad espiritual aparte del ‘yo’, eso es aún el producto del pensamiento; por consiguiente, sigue estando dentro del campo del pensamiento, que es memoria. Así, pues, el ‘yo’ el ‘tú’, el ‘sí mismo’ –superior o inferior, en cualquier punto que pueda fijarse- es memoria (16).

La memoria del ayer, de las posesiones, de los celos, la ira, la contradicción, la ambición, de lo que uno debe o no debe ser, todas estas cosas son las que componen el ‘yo’; y el ‘yo’ no es diferente de la memoria. La cualidad no puede ser separada de la cosa (16).

¿Qué es el yo? Si uno se mira realmente a sí mismo, ve que es una masa de experiencias acumuladas, de ofensas, de placeres, ideas, conceptos, palabras. Eso es lo que somos: un manojo de recuerdos (39).

El yo es conocimiento. El yo está hecho de experiencia, conocimiento, pensamiento, memoria. Memoria, pensamiento, acción, ese es el ciclo (24).

¿Es esta memoria diferente del ‘yo’, o es el ‘yo’? Si no hubiera nombre, ni asociación con la familia, con el pasado, con la raza, y todo lo demás, ¿habría entonces un ‘yo’? (19).

La memoria del ayer, de las posesiones, de los celos, la ira, la contradicción, la ambición, de lo que uno debe o no debe ser, todas estas cosas son las que componen el ‘yo’; y el ‘yo’ no es diferente de la memoria. Si uno comprende todo el significado de la memoria, no desecha los recuerdos ni los destruye ni intenta librarse de ellos, sino que comprende cómo la mente se apega a la memoria y, de tal modo, fortalece el ‘yo’. El ‘yo’, después de todo, es sensación, un haz de sensaciones (76).

El ‘yo’ es el resultado de recordar las ofensas, el dolor, el placer, todo eso, la memoria almacenada como pensamiento en las células (58).

MIEDO

Cuando existe la búsqueda de seguridad, hay temor, y ese temor crea la conciencia continua de lo que llamamos el ‘yo’ (12).

El ‘yo’ es nada más que la forma, el nombre, ciertas cualidades y recuerdos, ciertos temores y prejuicios, ciertos deseos limitados, ciertas acciones incompletas. Todo esto compone el ‘yo’, el cual se convierte en la conciencia limitada, el ego (13).

¿Qué es este ‘yo’? Un representante de anteriores influencias y limitaciones, que ha nacido en una familia, pertenece a cierto grupo, a una raza determinada, con sus prejuicios, sus odios y supersticiones, sus temores y demás. Estos temores y este condicionamiento se originan en la ignorancia, en el anhelo. Estas limitaciones han sido trasmitidas directamente de padre a hijo hasta el punto en que soy solamente ese padre, ese pasado (14).

El ‘yo’ teje la red del tiempo y el pensamiento queda atrapado en ella. La insuficiencia del ‘yo’, su dolorosa vacuidad, es el origen de nuestro miedo a la muerte y a la vida. Este miedo está siempre con nosotros, en nuestras actividades, en nuestros placeres y en nuestro dolor. Estando muertos, buscamos la vida, pero la vida no se encuentra en la continuidad del ‘yo’. El ‘yo’, el hacedor del tiempo psicológico, debe ceder a lo intemporal (15).

El ‘yo’ parece ser una entidad única, pero si logramos disminuir el ritmo veloz de sus actividades, percibiremos que no es una entidad única, sino que está compuesto de muchos deseos separados y muchas búsquedas compitiendo entre sí. Estos deseos y esperanzas, temores y alegrías, todos separados unos de otros, componen el ‘yo’ (15).

PALABRA

Cuando uno observa ese ‘yo’, ve que es un haz de recuerdos, de palabras huecas (46).

El ‘yo’ es la palabra, el ‘yo’ es la estructura imaginaria del pensamiento (58).

El ‘yo’ es la palabra. Eliminen la palabra y ¿qué es el ‘yo’? (58).

El ‘yo’ es la acumulación de las palabras, de las imágenes, de los recuerdos de mil ayeres (72).

El yo es la imagen, el cuadro, la palabra que pasa de generación en generación (55).

PENSAR

El pensamiento, que debe moverse constantemente, se liga al pasado o al futuro, y de esto surge esa conciencia limitada, el ‘yo’, que no es sino insuficiencia (13).

Somos pensamientos-sentimientos siempre cambiantes y contradictorios: amor y odio, paz y emoción violenta, inteligencia e ignorancia (…). Ahora bien, en todo esto, ¿cuál es el ‘yo’? ¿Escogeré lo más agradable y descartaré el resto? ¿Quién es el que debe comprender estos ‘yoes’ contradictorios y conflictivos? ¿Hay un ‘yo’ permanente, una entidad espiritual aparte de estos? Ese ‘yo’, ¿no es también el resultado continuo del conflicto de múltiples entidades? ¿Hay un ‘yo’ que esté mucho más allá de todos los yoes’ contradictorios? La verdad de esto puede ser experimentada únicamente cuando los ‘yoes’ contradictorios son comprendidos y transcendidos (15).

Las cualidades del ‘yo’ no están separadas del ‘yo’; el ‘yo’ no es algo aparte de sus pensamientos, de sus atributos (15).

K: ¿es ese ‘yo’ parte de la conciencia, parte del pensamiento? Yo digo que sí. El pensamiento es parte de ello. El pensamiento es el ‘yo’, excepto donde el pensamiento funciona tecnológicamente, donde no hay ‘yo’. En el momento en que usted se aleja del campo científico, llega al ‘yo’, que es parte de la herencia biológica. F: el ‘yo’ es el centro de la percepción, un centro operativo de percepción, un centro ad hoc, y el otro es un centro efectivo. K: sea sencillo. Nosotros vemos que la conciencia es el ‘yo’. La totalidad de ese campo es el ‘yo’. En el campo, el ‘yo’ es el centro. P: veo que el elemento más importante que hay en mí es el ‘yo’. Ahora bien, ¿qué es el ‘yo’? ¿Cuál es su naturaleza? Uno investiga eso y en el mismo proceso de la investigación, surge la claridad. K: punto final (32).

K: ¿es el ‘yo’ independiente de mi pensar? D. B.: bueno, mi primera impresión es que el ‘yo’ existe independientemente de mi pensar, y que es el ‘yo’ el que piensa. K: sí. D. B.: al igual que me encuentro aquí y puedo mover el brazo o la cabeza, también puedo pensar. Ahora bien, ¿es eso una ilusión? K: no, porque cuando muevo el brazo hay una intención de agarrar o recoger algo, lo que significa que primero es el movimiento del pensamiento. Eso hace que se mueva el brazo y demás. Lo que sostengo, y estoy dispuesto a que se me cuestione al respecto, es que el pensamiento es la base de todo esto. D. B.: sí, usted sostiene que todo el sentido del ‘yo’ y de lo que el ‘yo’ está haciendo procede del pensamiento. Lo que usted entiende por pensamiento, sin embargo, no se limita a lo intelectual. K: no, claro que no. El pensamiento es todo el movimiento de la experiencia, del conocimiento, y la memoria. Es este movimiento (18).

El pensamiento ha edificado toda la estructura de la memoria como el ‘yo’ y el ‘tú’, el ego, la personalidad, etc. (23).

¿A qué se debe que el pensamiento esté siempre en movimiento, activo, en el dominio psicológico? El dominio psicológico es el ‘yo’, mi conciencia, mi fracaso, mi éxito, mi reputación, mi ‘debo ser’, mi ‘no debo ser’, mi fe, mi creencia, mi dogma, mi disposición religiosa, la política, el miedo, el dolor, el placer, el sufrimiento, todo eso es el ‘yo’ (18).

En el instante de la crisis no hay ‘yo’. Luego, más tarde, viene el pensamiento que dice: ‘eso fue excitante, eso fue agradable’, y ese pensamiento crea al ‘yo’ que dice: ‘lo he disfrutado’ (79).

El ‘yo’ es un producto del pensamiento, el cual carece de realidad propia (58).

El pensamiento es el ‘sí mismo’, es la palabra que se identifica como el ‘yo’ y, cualquiera que sea el nivel en que ese ‘yo’ esté situado, alto o bajo, sigue estando dentro del campo del pensamiento (74).

Yo soy el resultado del pensamiento. Todas mis actividades, lógicas, ilógicas y neuróticas, o altamente educadas y científicas, están basadas en el pensamiento. ‘Yo’ soy el resultado de todo eso (41).

Somos el pensamiento de un nombre, el pensamiento de un cargo, el pensamiento del dinero; somos una simple idea. Suprimamos la idea, suprimamos el pensamiento y ¿qué es de nosotros? Somos pues, la personificación de un pensamiento en calidad de ‘yo’ y decimos que el pensamiento tiene que continuar, porque el pensamiento me va a permitir realizarme a mí mismo, que el pensamiento terminará por encontrar lo real (71).

Lo que pensamos, somos; pero lo que importa es la comprensión del proceso del pensamiento, y no acerca de qué pensamos (36).

El pensamiento es sensación verbalizada; el pensamiento es la respuesta de la memoria, la palabra, la experiencia, la imagen (37).

PERMANENCIA

Las cualidades del ‘yo’ no están separadas del ‘yo’; el ‘yo’ no es algo aparte de sus pensamientos, de sus atributos. El ‘yo’ está armado, compuesto de partes, y el ‘yo’ no existe cuando las partes se disuelven. Pero, ilusoriamente, el ‘yo’ se separa de sus cualidades a fin de protegerse, de darse continuidad, permanencia. Se refugia en sus cualidades mediante el recurso de separarse de ellas (15).

Están aquellos que, al darse cuenta de la impermanencia del ‘yo’, afirman que lo permanente puede ser hallado si nos deshacemos de las numerosas capas del ‘yo’, lo cual requiere tiempo y, por consiguiente, se torna necesario reencarnar (14).

Vivimos como si fuéramos diferentes de los recuerdos. Ése es el problema. Por recuerdos entendemos palabras, imágenes, símbolos, que son nada más que una serie de sensaciones, y vivimos a base de esas sensaciones. Por consiguiente, nos separamos de las sensaciones y decimos: ‘deseo experimentar esas sensaciones’, lo cual implica que el ‘yo’, habiéndose separado de los recuerdos, se adjudica permanencia a sí mismo. Pero no es permanente. Se trata de una permanencia ficticia. Ese ‘yo’ que se ha separado de la memoria dándose de ese modo permanencia, ese ‘yo’ mira al presente –mira el acontecimiento, la experiencia- y deriva del presente lo que le permite su condicionamiento pasado (16).

K: ¿es el ‘yo’ la entidad permanente dentro de esta conciencia? D: no puede serlo. K: este ‘yo’, ¿es la conciencia? D: ella no es permanente. K: la conciencia es herencia. Por supuesto que lo es. F: estamos mezclando el concepto de conciencia con la experiencia consciente. K: esto es muy claro. El ‘yo’ es esa conciencia (32).

El yo es visto como un proceso material. No hay nada espiritual en el proceso del ego. Esto es ligeramente chocante para aquellos que están habituados a sublimar su comprensión del yo con teorías acerca del Atman y el Paramatman (el yo superior que es considerado como una chispa de la divinidad). Si uno percibe con atención total la realidad de su codicia o su temor, su agresividad o su sumisión, sin buscar cambiarlos o escapar de ellos, hay una disolución de esos estados, porque cada pensamiento o sentimiento es intrínsecamente impermanente. Achyut Patwardhan (17).

Sólo hay pensamiento, y el pensamiento es impermanente. Viendo la impermanencia del pensamiento, la mente crea lo permanente, en forma de Atman, el yo superior, y todo lo demás, pero ello sigue siendo el proceso del pensamiento (19).

No hay nada permanente dentro de nosotros, aunque los teólogos y otras personas ‘devotas’ afirmen que existe una entidad constante lo cual también es una teoría, una idea (72).

Dado que el ego se encuentra en un estado de constante fluidez, buscamos la permanencia a través de la identificación. La identificación produce la ilusión de permanencia, y la pérdida de ésta es la que causa temor (25).

Reconocemos que el ego está fluyendo constantemente; sin embargo, nos aferramos a algo que denominamos lo permanente en el ego, un ego duradero que fabricamos a partir del ego transitorio (25).

K: el cerebro necesita dos cosas: seguridad y un sentido de permanencia P: ambas cosas son provistas por el yo K: por eso éste se ha vuelto tan importante (79).

El pensamiento es transitorio, cambiante, impermanente, y está buscando permanencia. Así es como el pensamiento crea al pensador, que entonces llega a ser lo permanente; asume el papel del censor, el guía, el que ejerce el control, el moldeador del pensamiento. Esta ilusoria entidad permanente es el producto del pensamiento, de lo transitorio (37).

Estamos tratando de descubrir si hay o no hay un estado permanente; no lo que quisiéramos, sino el hecho real, la verdad de la cuestión. Todo lo que hay en nosotros, tanto dentro como fuera –nuestras relaciones, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos- es impermanente, se halla en constante estado de flujo. Al darse cuenta de esto, la mente anhela permanecía, un perpetuo estado de paz, de amor, de bondad, una seguridad que ni el tiempo ni los acontecimientos puedan destruir; por lo tanto ella crea el alma, el Atman, y las visiones de un paraíso perramente. Pero esta permanencia nace de la impermanencia, y así tiene en su seno las semillas de lo impermanente. Sólo hay un hecho: la impermanencia (38).

Morir para lo conocido es no tener la continuidad del ayer. Aquello que tiene continuación es sólo memoria. Lo que no tiene continuidad no es permanente ni impermanente. La permanencia o la continuidad existen sólo cuando hay miedo de la transitoriedad (38).

Nosotros sentimos que el yo es permanente, porque todos los otros pensamientos vienen y se van. Si el pensador es permanente, entonces el pensamiento puede ser cambiado, controlado, trasformado por el pensador. Pero, ¿acaso no es el yo el resultado del pensamiento? Nuestra mente separa al yo del pensamiento porque no puede soportar la impermanencia. El pensamiento no puede moverse de lo conocido a lo desconocido. Todo cuanto la mente puede hacer es liberarse de lo conocido. Para descubrir aquello que está más allá de las palabras, las palabras deben cesar (10).

SEGURIDAD

Cuando usted habla del ‘yo’, entiende por eso un nombre, una forma, ciertas ideas, ciertos prejuicios, ciertas distinciones de clase, ciertas cualidades, determinados prejuicios religiosos, etc., que se han desarrollado a causa del deseo de autoprotección, de seguridad, de consuelo (13).

¿Qué entiende por conciencia individual? Esta conciencia limitada es el resultado del conflicto entre el deseo y el medio, es decir, entre el presente y el pasado; esta conciencia es el producto de numerosas imposiciones, compulsiones a las que la mente se ha sometido en la búsqueda de seguridad (13).

Si uno ha sido educado en una determinada creencia religiosa o si ha desarrollado una tendencia particular, ello tiene que crear una resistencia contra el movimiento de la vida. Estas resistencias, estos muros autoprotectores y egoístas de la seguridad, dan origen al proceso del ‘yo’, el cual se sostiene merced a sus propias actividades (14).

SOCIEDAD

Psicológicamente somos el resultado de nuestro ambiente educativo y social. La sociedad, con sus códigos de moralidad, sus creencias y dogmas, sus contradicciones, conflictos, sus ambiciones, codicias, envidias, guerras, es lo que nosotros somos. Decimos que en esencia somos el espíritu, que somos el alma, que formamos parte de Dios, pero estas son meras ideas que nos da la propaganda de la iglesia o de alguna sociedad religiosa; o la hemos recogido de los libros, o de nuestros padres, que reflejan el condicionamiento de una cultura particular (39).

Existe una compleja entidad llamada el ‘yo’, con toda su penuria, su sufrimiento, ansiedades, su deseo de realizar, de llegar, de dominar, de tener una posición, tener seguridad, ser alguien, expresarse de diferentes maneras. Este ‘yo’ que ha sido formado a través de los siglos por la estructura psicológica de la sociedad, es el resultado de presiones, influencias, propaganda, tradiciones (39).

Somos el resultado de las influencias, las llamadas buenas y las malas, las superficiales y las profundas, las influencias no examinadas, no reconocidas, ignoradas (35).

Sois resultado de un proceso total, de todas las influencias de lo colectivo; y aunque el resultado pueda llamarse a sí mismo individuo, él es un producto del proceso que se va desarrollando. La comprensión de este proceso ha de hallarse en la vida de relación, sea con lo singular o con lo colectivo; y esa comprensión, y la acción que de ella dimana, creará una nueva sociedad, un nuevo orden de cosas (33).

SURGIR

Cuando ustedes optan, como de hecho optan, esa opción crea meramente otro conjunto de circunstancias que se derivan en más conflicto y opción. Esta opción, nacida de la limitación, pone en marcha una nueva serie de limitaciones, y estas limitaciones crean la conciencia que es el ‘yo’, el ego (12).

En tanto la mente y el corazón estén presos en los falsos valores que las religiones y las filosofías han establecido respecto a nosotros, en tanto la mente no haya descubierto por sí misma la verdad, los valores vivientes y genuinos, habrá limitación de la conciencia, de la comprensión, y esta limitación origina la idea del ‘yo’ (12).

La memoria que existe cuando hay una acción incompleta, esta serie de recuerdos, estas capas de la memoria, componen la conciencia de sí mismo, el ‘yo’, desde el cual tienen lugar todas las acciones. Esta memoria, esta insuficiencia que está siempre grabándose en nuestras mentes y en nuestros corazones, crea el ‘yo’, es el origen del ‘yo’. El ‘yo’, la conciencia de sí mismo, ese ‘yo’ tan activo, no es más que un haz de corrupciones heredadas, de virtudes sociales y sus opuestos (12).

¿Qué es esta conciencia que llamamos el ‘yo’? ¿Cuándo están ustedes conscientes de ella? ¿Qué es esta conciencia? ¿Cuándo están ustedes conscientes de sí mismos? Cuando existe el conflicto, cuando hay un obstáculo, una frustración. Eliminen todas las frustraciones, todos los obstáculos, y entonces no dirán ‘yo’. Entonces estarán viviendo. Sólo cuando tienen conciencia del dolor están conscientes del cuerpo. Por lo tanto, cuando hay dolor, emocional o intelectualmente, tiene uno conciencia de sí mismo como algo separado (13).

Casi todos tenemos algo que proteger –amor, posesiones, ideales, creencias, conceptos, etc.-, lo cual contribuye a erigir esa resistencia que es el ‘yo’ (14).

Cuando hay felicidad, uno no dice: ‘yo soy feliz’; sólo cuando la felicidad está ausente, cuando hay conflicto, uno adquiere conciencia de sí mismo (15).

Sabemos cómo el ‘yo’ se forma y se fortalece a causa del principio del placer y el dolor, de la memoria, de la identificación, etc (15).

¿Somos diferentes de nuestras creencias? Uno cree que es norteamericano o que es hindú; cree en esto o en aquello, en la reencarnación (…) en miles de cosas. Uno es eso. Uno es aquello en lo que cree (16).

Gustamos pensar que la esencia del yo es el no-yo, pero no existe tal esencia o centro espiritual; sólo hay el recuerdo de las cosas pasadas, y este trasfondo de la memoria está siempre interpretando, juzgando, condenando aquello que efectivamente es (39).

Sin duda, el ‘yo’ es el resultado de nuestra educación, de nuestros conflictos, de nuestra cultura, de nuestra relación con el resto del mundo. Ese ‘yo’ es la consecuencia de la propaganda a la cual hemos sido sometidos durante cinco mil años. Ese ‘yo’ está apegado a nuestros muebles, nuestras esposas, maridos, etc. Ese ‘yo’ dice ‘yo quiero ser feliz, debo tener éxito, he logrado’. Ese ‘yo’ dice ‘yo soy cristiano, soy comunista, soy hindú’ (41).

El ‘yo’ no es necesario en ningún momento. No hay otra cosa que el cuerpo, y la libertad de la mente sólo puede tener lugar cuando el pensamiento no está engendrando al ‘yo’. No hay ningún ‘yo’ que comprender; sólo el pensamiento que crea el ‘yo’. Cuando sólo existe el organismo sin el ‘yo’, la percepción -tanto la visual como la no visual- jamás puede ser distorsionada (70).

El proceso total del yo, es un producto de nuestro pasado, la consecuencia de nuestro condicionamiento -ambiental, social, climático, político, económico-, que es toda la estructura de lo que somos (69).

TIEMPO

Si uno está viviendo sin el sentido del ‘yo’, lo cual implica el descubrimiento de los valores genuinos, entonces ya no está limitado por el tiempo. Ahora, estamos limitados por el tiempo (12).

Nosotros no somos sino el resultado del proceso del tiempo. Cada uno toma del pasado, inspiración, guía y comprensión; el pasado actúa como un trasfondo, es el depósito de la experiencia, y la mente ha llegado a ser un mero registro de distintas lecciones de la experiencia (14).

Lo que somos es producto del pasado en combinación con las acciones y reacciones del presente, conforme a las distintas formas de influencia (14).

El sí mismo, el ‘yo’, este manojo de recuerdos, es la consecuencia del pasado, el producto del tiempo (15).

El ‘yo’, el que deviene, el creador del tiempo, jamás puede experimentar lo intemporal. El ‘yo’, el que deviene, es la causa del conflicto y del dolor (15).

El ‘yo’, la continuación de la memoria, engendra tiempo, el pasado en permanente acumulación (15).

El ‘yo’ y ‘lo mío’ pertenecen al tiempo, son el resultado de la acción con un objetivo en vista (15).

El ‘yo’ es el producto del tiempo, de un millar de experiencias, un millar de contradicciones, combates, ansiedades, el resultado del sentimiento de culpa, del dolor, la desdicha, el placer. Es el residuo del pasado, con todos sus temores (39).

Si dice que desechará todo el pasado y el futuro, ¿qué es usted entonces? Ésa es la verdadera pregunta: ¿qué es usted entonces? Para descubrirlo, tiene que morir al pasado y al futuro. Entonces descubrirá por sí misma lo que es, lo descubrirá en esa región donde el pensamiento no penetra, en ese estado que es algo totalmente nuevo, del instante (72).

El ‘yo’, es la consecuencia del pasado, de todas nuestras tradiciones, de nuestra educación, de nuestras influencias sociales, ambientales y económicas, esto ‘yo’ es el que interfiere con la observación (67).

Usted está viviendo en el pasado. Recuerdos del pasado, experiencias pasadas. Y desde el pasado usted proyecta el futuro. Usted espera ser bueno, espera que será diferente en el futuro. Ello siempre se mueve del pasado al futuro. Entonces, ese pasado es el yo (63).

El pasado está siempre deseando dar nacimiento al presente, y eso se convierte en la memoria que identifica el ‘yo’ y ‘lo mío’ (44).

La comprensión del proceso total del ‘yo’ consiste en comprender la interrelación en la vida diaria; y esa comprensión libera la mente del tiempo. Así la mente es capaz de ‘vivenciar’ la realidad de instante en instante, lo cual no es un proceso de recordación y ya no puede definirse como ‘experiencia’ (33).

El ‘yo’ es el pasado, es la cualidad, la virtud, la experiencia, el nombre, la asociación familiar, las diversas tendencias, tanto conscientes como inconscientes, la herencia racial: todo eso es el ‘yo’ (19).

Autor: Elías Real Otsoa.