Enseñanza I

Enseñanza de Krishnamurti IINTRODUCCIÓN

Krishnamurti aseguraba que casi no había leído nada, excepto novelas de suspense y las de P. G. Wodehouse como diversión, y en toda su obra prácticamente no hay ninguna referencia a otros escritores.

Exploró y trató temas tales como la libertad, la verdad, el miedo, la muerte, el sufrimiento, la ética, el propósito de la vida y la naturaleza de la inteligencia. Expuso ideas originales sobre todos ellos. Ideas totalmente derivadas de las experiencias de su propia vida.

En 1929 declaró que su propósito en la vida era ‘liberar al hombre’.

  • Su ideal de la condición humana era el descrito en los versos del poeta T. S. Eliot: una condición de completa simplicidad que cuesta nada menos que todo.
  • Expuso esa filosofía en libros y conferencias a lo largo de unos setenta años aproximadamente.
  • No tenía panaceas ni técnicas para vender, ni siquiera para recomendar.
  • Según él, la filosofía ‘significa amor a la verdad, no amor a las palabras, no amor a las ideas, no amor a la especulación, sino amor a la verdad. Y eso significa que tienes que encontrar por ti mismo dónde está la realidad’.

PREFACIO

  • El descontento de Krishnamurti con la Teosofía se venía gestando desde hacía muchos años. En 1927 escribió: ‘cuando comencé a pensar por mi propia cuenta, lo cual viene sucediendo desde hace ya algunos años, me encontré en un estado de rebeldía. No estaba satisfecho con ninguna enseñanza, con ninguna autoridad’. Era una rebelión que había comenzado mucho antes de la muerte de Nitya [su hermano], impulsada por la antipatía natural que Krishnamurti sentía hacia el autoritarismo y hacia el papel inamovible desempeñado por Leadbeater [su mentor y ‘descubridor’] como árbitro del ascenso espiritual dentro de la Sociedad Teosófica.
  • En la madurez de su filosofía, en sus pláticas, diálogos y escritos, Krishnamurti encontró numerosos modos de despertar las mentes de sus oyentes. Abogaba por la duda y el cuestionamiento como método de investigación espiritual. ‘La duda es algo muy valioso. Limpia y purifica la mente. El mismo acto de cuestionar, el mismo hecho de que el germen de la duda se encuentre dentro de uno, contribuye a esclarecer nuestras investigaciones’.
  • La apertura del corazón, algo no menos valioso en esta enseñanza, comienza con una sensación de belleza despertada por los prodigios de la vida y los colores de la naturaleza, disfrutados en presencia de aquellos ‘que han bebido de la fuente’.
  • Los escritos de Krishnamurti durante los seis años anteriores a 1929 reflejan un foco de luz volcado hacia el interior, iluminando un entendimiento en vías de maduración. El primer trabajo, titulado El sendero representa a un buscador extenuado ascendiendo hacia la perfección por un esquivo sendero, solo, sin ninguna ayuda y cargado de muchas vidas.
  • Otra obra de carácter semiautobiográfico, titulada La búsqueda, tenía tres personajes, Yo, Tú y el Mundo en busca de redención. El tema central y el tono de este escrito pueden verse en una estrofa de La canción de la vida: Atrapado en la agonía del Tiempo, / mutilado por la tensión interna del crecimiento, / oh, Amado, / el Yo del que tú eres el todo, / está buscando la vía del éxtasis iluminado.
  • Después de 1929, la voz abstracta y el vocabulario arcaizante de El sendero, dan paso a un auténtico maestro compasivamente atento al dolor de otro ser humano. Estos encuentros posteriores están caracterizados por cierto sentido de particularidad, aun cuando versan sobre cuestiones humanas de carácter universal. Un espacio silente disuelve las barreras entre los participantes y confiere solidez al dicho de Krishnamurti: ‘usted es el mundo’.
  • Las enseñanzas de la época de plenitud de Krishnamurti infunden nueva vida al precepto de Buda: ‘sé una luz para ti mismo’. A su vez, esas palabras encierran un mensaje para todos los seres humanos: cuestiona todo lo que guía el rumbo de tu vida, examina la imagen que tienes de ti mismo, abandona tu prejuicio y cuida de tus relaciones. Krishnamurti no dudó en sacar la conclusión de que no puede haber ninguna autoridad legítima en la vida espiritual, ninguna escritura, ningún gurú ni árbitro del ascenso espiritual, ninguna jerarquía. Cada ser humano tiene que descubrir la verdad por sí mismo. El Instructor del Mundo [él mismo] era sólo un transeúnte.
  • Krishnamurti amplió su crítica de la evolución espiritual, cuestionando la tendencia a la utopía en el ámbito espiritual. En 1933 advirtió a sus oyentes del peligro que representa proyectar remotos ‘ideales’ con la vana esperanza de evolucionar hacia un futuro mejor y les pidió que resistieran el impulso de proyectar sus propias enseñanzas en forma de un ‘nuevo ideal al que debo amoldarme’. Él sabía que la proyección de ideales era a menudo una maniobra diversiva, un recurso de la mente para evitar asumir su responsabilidad: ‘si usted es un prisionero, lo que a mí me concierne no es describir lo que es la libertad. Mi propósito principal es mostrar lo que crea la prisión y que usted la derribe’.
  • Demoler la prisión significaba hacerle frente a la inmediatez, a menudo dolorosa, de ‘lo que es’ en vez de perseguir una promesa, a menudo ilusoria, de ‘lo que debería ser’ en un futuro distante.
  • Durante los cincuenta y cinco años posteriores a la disolución de la Orden de la Estrella de Oriente, Krishnamurti viajó a distintos puntos del mundo, disertando sobre su visión de la vida. Las fundaciones que estableció durante estos años tenían la misión de organizar sus conferencias, publicar sus escritos, administrar las escuelas y ofrecer facilidades para el estudio y la meditación. No dejó herederos espirituales, ni invistió a nadie con la autoridad de juzgar la categoría religiosa de otra persona.
  • Sostenía que sus enseñanzas podían constituir las bases de un nuevo tipo de educación y fundó varias escuelas en la India, Inglaterra y Estados Unidos. Todas estas escuelas están ubicadas en medio de bellos paisajes y su propósito es promover el amor a la naturaleza, la preocupación por los demás seres humanos y una actitud de indagación ante la vida.
  • Según su testimonio una clave para comprender su desarrollo se encuentra en el ‘espacio silente’ [el silencio entre dos pensamientos] que era innato en él. Fue este espacio lo que le salvó de la rígida ortodoxia en cuyo seno había nacido, lo que le permitió salir incólume de su formación surrealista dentro de la Sociedad Teosófica y le ayudó a sobrellevar su fracaso como estudiante en Inglaterra. El silencio, en el corazón mismo de sus enseñanzas, disolvía las barreras: ‘usted no es norteamericano, ruso, hindú o musulmán. Existe aparte de estas palabras y etiquetas, es el resto de la humanidad porque su conciencia, sus reacciones, su fe, sus creencias, sus ideologías, sus miedos, ansiedades, soledad, placer y dolor son similares a los del resto de la humanidad. Si usted cambia, esto afectará al resto de la humanidad’.
  • La noción de progreso, tan hondamente arraigada en el pensamiento decimonónico, extendió la evolución darwiniana mucho más allá de su contexto biológico original y la convirtió en una de las metáforas dominantes de la época. Generalmente se consideraba como una demostración de la propuesta, hoy día desacreditada, de la superioridad humana sobre el resto de la naturaleza, y fue posteriormente puesta al servicio de la nefasta doctrina de la raza dominante. A los reformadores sociales de izquierdas les inspiró ideales utópicos de comunismo; a los ideólogos de derechas les sirvió de consuelo, pues encontraron en ‘la supervivencia de los mejor dotados’ un pretexto conveniente para justificar las desigualdades del statu quo. La Teosofía que Krishnamurti conocía y dentro de la cual vivió sus años de formación había llevado la noción de progreso evolucionista a su posición más extrema, al buscar ascenso espiritual, por encima y más allá de la condición humana, en una mítica y futura ‘raza-raíz’.
  • En nuestros días, la idea del progreso evolucionista ya no da más de sí. En la franca expresión de Stephen Jay Gould, uno de los más distinguidos biólogos evolucionistas: ‘el progreso es una idea nociva, culturalmente arraigada, insostenible, ineficaz, e impracticable que debe ser sustituida si queremos comprender la trama de la historia’.
  • La crítica que Krishnamurti hizo del progreso evolucionista en el campo espiritual fue dura, sostenida y rigurosa. Se basaba en la observación, de primera mano, de la condición humana, mucho antes de que los límites del progreso evolucionista fueran comprendidos en la biología, la reforma social o la economía política. Ocupaba un lugar destacado en la rebelión de Krishnamurti contra su formación teosófica, y se convirtió en una parte integral de su filosofía de la vida.

Krishnamurti no empieza con teorías acerca de la cosmología. Empieza con la observación, con el escuchar. Uno observa el mundo exterior de la manifestación y después se mueve hacia lo interno, hacia el cosmos interior que es nuestra conciencia, que es el campo de todos nuestros conflictos y anhelos humanos. El modo es pragmático, práctico e investigador.

El 19 de noviembre de 1974, durante una discusión de grupo que sostenía en la sala de estar que daba al Ganges, alguien preguntó: ‘¿podríamos identificar los elementos esenciales en la enseñanza?’. Le habíamos escuchado durante veinticinco años. Muchos de nosotros podíamos abarcar todo el campo del conocimiento propio, pero la pregunta persistía: ‘¿qué es la enseñanza?’. Krishnaji fue tomado por sorpresa; estaba quieto, dejando que la pregunta se desplegara en su interior. Finalmente, dijo: ‘no lo sé. No puedo expresarlo en unas pocas palabras. Pienso que la idea del que enseña y el enseñado es básicamente errónea, al menos lo es para mí. Creo que es más bien una cuestión de compartir, no de enseñar o de que a uno le enseñen; de participar, antes que dar o recibir. ¿Podemos, pues, compartir algo que no pertenece al campo del tiempo, del pensamiento, del motivo? ¿Podemos compartirlo, o todos estamos tan condicionados que no sabemos lo que significa compartir? Krishnaji dijo: ‘no existen el que enseña y el enseñado. ¿No será una cuestión de compasión? Usted ha preguntado, ¿qué es la enseñanza? ¿Correcto? Yo digo, la enseñanza dice: donde está uno, lo otro no está’.

David Skitt:

  • La vida y las enseñanzas de Jiddu Krishnamurti han suscitado considerable polémica, que abarca desde la adulación recibida como ‘Instructor del Mundo’, un Maitreya [el próximo Buda histórico] o Mesías del siglo veinte, hasta la opinión de que era un ser humano que, a pesar de sus extraordinarias dotes, también tenía sus fallos. Muchos de entre aquellos que le conocieron se sintieron fuertemente impresionados, incluso profundamente deslumbrados, por cierta cualidad sagrada y de amor incondicional que emanaba de él. Otros intuyeron algo similar, y unos cuantos también se sintieron tratados muy injustamente u ofendidos y han respondido con una dolida ambivalencia. Incluso para los que le conocieron íntimamente durante años, su personalidad, en ciertos aspectos, continúa siendo un enigma. Pero cualquiera que sea el misterio acaso inevitable de la persona, los libros, los vídeos y las cintas están ahí para mostrar cómo, durante más de medio siglo, Krishnamurti argumentó apasionadamente que los problemas a los que nos enfrentamos requieren una transformación radical de la conciencia humana.
  • En una charla en 1983 dijo: ‘el que habla lo hace a título personal, no en nombre de otra persona. Puede que se esté engañando a sí mismo, puede que esté tratando de hacerse pasar por esto o aquello. Puede que sí, ustedes no lo saben. Por lo tanto, tengan una buena dosis de escepticismo, duden, cuestionen (…)’. No sólo negó semejante papel, sino que arguyó enfáticamente que el buscar cualquier tipo de ejemplo a seguir, ya fuese en él o en otra persona, es algo psicológicamente dañino. Pues el crear una dependencia y conformismo pueriles, y una sensación momentánea, pero finalmente falsa, de seguridad en la autoridad ajena, ‘atrofia el cerebro’. Es, además, un factor de división religiosa, y a menudo en el terreno de la política, ya que la proliferación de tales ejemplos indefectiblemente crea barreras para los ‘adeptos’ entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Y al igual que el conflicto interno, esta torpe subordinación malgasta la energía que se necesita para explorar y responder de una forma nueva a la siempre cambiante realidad, a la esencia de la vida misma.
  • El dicho de Tomás Hobbes [(1588-1679), filósofo y teórico político inglés], de que ‘quienquiera que observe su propio interior conocerá los pensamientos y pasiones de todos los demás hombres’ puede recordarle a uno la afirmación de Krishnamurti ‘yo soy el mundo’. Cuando Wittgenstein [filósofo austríaco-británico, nacido en Viena en una familia de la alta burguesía industrial de ascendencia judía, rica y culta] afirma que ‘sensaciones privadas y el yo forman parte del mismo escenario y se mantienen en pie o se desmoronan conjuntamente’, algunos lectores pueden sentir que no existe diferencia alguna entre eso y ‘el observador es lo observado’. La ‘vaguedad del yo’ ha desafiado las mentes de filósofos como Hume [Hume, David (1711-1776), historiador y filósofo escocés], Ryle [Ryle, Gilbert (1900-1976), filósofo británico] y muchos más. Sin embargo, a pesar de toda esta actividad, todavía no existe ningún consenso filosófico o psicológico sobre la identidad personal y la conciencia. Y los neurólogos, por su parte, han buscado, sin conseguirlo hasta el momento, al ‘homúnculo’ o ‘centro de control’ en el cerebro.
  • Krishnamurti nos insta de forma radical y liberadora a que ‘despejemos la cubierta’ y descartemos todo lo que ha sido afirmado sin pruebas por las ‘autoridades’ religiosas, los filósofos, los psicólogos, los gurús, y de hecho por cualquiera, incluido el propio Krishnamurti, en lo referente a estos temas. El mundo pide a gritos una nueva cultura en la que dejemos de ser ‘gente de segunda mano’, y en su lugar nos decidamos a ‘averiguar’ por nuestra cuenta.
  • Al lector que se acerca por primera vez a la obra de Krishnamurti, la variedad temática y el vocabulario de estas conversaciones pueden parecerle desconcertantes. ¿Es esto filosofía, psicología o religión? ¿O las tres cosas a un mismo tiempo? Al propio Krishnamurti no le gustaba ponerle nombre a aquello de lo que hablaba. Su programa era sumamente flexible; estaba siempre completamente abierto a tratar cualquier aspecto de la condición humana. Para Krishnamurti, la visión religiosa de la vida es inseparable de la investigación sobre si aplicamos erróneamente el modelo biológico de la evolución al ámbito psicológico y de si el ordenador es una simulación exacta del cerebro humano. Según él, estas no son cuestiones marginales, meros asuntos de interés intelectual, sino de central importancia y determinantes de la calidad de nuestras vidas.
  • Sus enseñanzas, que comprenden los años de 1933 a 1986 -la época anterior fue descrita por él como ‘desigual’-, contiene el equivalente de unos 200 libros de tamaño mediano. ¿Qué efecto ha tenido esa producción masiva? ¿Se ha transformado alguien radicalmente? La respuesta que dio el propio Krishnamurti a la primera pregunta, en Nueva York en la década de los ochenta fue: ‘muy poco’. Respecto a la segunda, poco antes de su muerte dijo que nadie había entrado en contacto con aquella conciencia de la que él había hablado. Y añadió: ‘tal vez conseguirán hacerlo, si viven las enseñanzas’.
  • Lo que Krishnamurti dice se podría describir como una investigación masiva e interminable del estado del ser humano. Pero el valor de todas las explicaciones, ésta inclusive, acabará inevitablemente por desvanecerse al cabo de un tiempo. Como dice Krishnamurti: ‘tengamos muy claro dónde terminan las explicaciones y dónde empieza la verdadera percepción o experiencia. Las explicaciones sólo nos llevan hasta cierto punto, y el resto del viaje tiene que hacerse en solitario’.

Huston Smith (profesor de filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachussets): Krishnamurti, conforme le escucho y trato de entender a través de la palabra lo que está diciendo, me parece que lo que oigo es, en primer lugar, que yo y cada uno de nosotros debería labrar su propia salvación, no ampararse en la autoridad externa; en segundo lugar, no dejar que las palabras formen un velo entre nosotros y la experiencia misma, no confundir el menú con la comida, y en tercer lugar, no permitir que el pasado devore el presente, que asuma el control sobre él respondiendo a un condicionamiento del pasado, sino más bien estar siempre abiertos a lo nuevo, lo insólito, lo reciente. Y, por último, me parece que usted está diciendo algo así como que la clave para realizar esto es una inversión radical de nuestro punto de vista. Es como si fuéramos presos esforzándose por romper los barrotes para alcanzar la luz y buscando el destello que vislumbramos allá afuera y preguntándonos cómo podemos salir en su dirección, cuando en realidad a nuestras espaldas la puerta de la celda está abierta y con sólo darnos vuelta podríamos acceder a la libertad por nuestro propio pie. Esto es lo que me parece que está diciendo usted. ¿Es así? K: hasta cierto punto, señor

Walpola Rahula:

  • He estado siguiendo su enseñanza, si me permite usar esa palabra, desde mi juventud. He leído la mayoría de sus libros con gran interés, y he querido mantener esta discusión con usted desde hace mucho tiempo. Para alguien que conozca bastante bien las enseñanzas del Buda, las suyas le resultan algo muy familiar, no son algo nuevo para él. Lo que el Buda enseñó hace 2500 años hoy lo enseña usted con una expresión nueva, en un nuevo estilo, en una nueva envoltura. Cuando leo sus libros, a menudo hago anotaciones en el margen, comparando lo que usted dice con el Buda; a veces incluso cito capítulo y versículo, o el texto no sólo de las enseñanzas originales del Buda, sino también las ideas de filósofos budistas posteriores; también éstas las formula usted prácticamente del mismo modo. Me sorprendió la forma tan bella y perfecta en la que usted las ha expresado.
  • Así que, para empezar, quisiera mencionar brevemente unos cuantos puntos que las enseñanzas del Buda y las suyas tienen en común. Por ejemplo, el Buda no aceptó la noción de un Dios creador que rige el mundo y que premia y castiga a la gente según sus actos. Creo que usted tampoco la acepta. El Buda no aceptó la antigua idea védica o brahmánica de un alma o atman eterna, permanente, sempiterna e inmutable. El Buda lo negaba. Tampoco usted, según creo, acepta ese concepto.
  • El Buda, en sus enseñanzas, parte de la premisa de que la vida humana es aflicción, sufrimiento, conflicto y dolor. Y en sus libros siempre se hace hincapié en lo mismo. Además, el Buda afirma que la causa de este conflicto y sufrimiento es el egoísmo creado por la noción errónea de mi ego, mi atman. Creo que usted también dice eso.
  • El Buda dice que cuando se está libre de deseo, de apego, del ego, uno se libera del sufrimiento y del conflicto. Y me acuerdo que usted dijo en alguna parte que la libertad significa estar libre de todo apego. Eso es exactamente lo que enseñó el Buda: de todo apego. No distinguió entre buen apego y malo; claro que esa distinción existe en la práctica de la vida diaria, pero en última instancia no hay tal división.
  • Luego está la percepción de la verdad, la realización de la verdad, es decir, ver las cosas como son; cuando se hace eso, se ve la realidad, se ve la verdad y se es libre del conflicto. Creo que usted ha dicho esto muy a menudo, por ejemplo en el libro Verdad y Realidad. Esto es muy conocido en el pensamiento budista como samvrti-satya, y paramartha-satya: samvrti-satya es la verdad convencional, y paramartha-satya es la verdad última o absoluta. Y no se puede ver la verdad absoluta o última sin ver la verdad convencional o relativa. Ésa es la postura budista. Creo que usted dice lo mismo.
  • En un nivel más general, pero de mucha importancia, usted siempre dice que no hay que depender de la autoridad, de la autoridad de nadie, de las enseñanzas de nadie. Cada uno tiene que realizarlo por sí mismo, verlo por su propia cuenta. Ésa es una enseñanza muy conocida en budismo. El Buda dijo, no acepten nada por el mero hecho de que lo diga la religión o las escrituras, o un maestro espiritual o guru, acéptenlo sólo si ven por sí mismos que es correcto; si ven que es erróneo o malo, entonces rechácenlo.
  • En una discusión muy interesante que usted sostuvo con Swami Venkatesananda, él le preguntó sobre la importancia de los gurus, e invariablemente usted le respondió: ¿qué puede hacer un guru? Hacerlo depende de usted, no puede salvarle un guru. Ésa es exactamente la actitud budista, que no se debe aceptar la autoridad. Después de leer toda esta discusión en su libro El despertar de la inteligencia, escribí que el Buda también ha dicho estas cosas y las resumí en dos líneas del Dhammapada [aforismos atribuidos al Buda que condensan de forma sintética la enseñanza budista]: usted tiene que esforzarse, los budas sólo enseñan. Esto se encuentra en el Dhammapada que usted leyó hace mucho tiempo, cuando era joven.
  • Otra cosa muy importante es el énfasis que usted pone en el darse cuenta o el estado de alerta mental. Esto es algo de extrema importancia en las enseñanzas del Buda: el estar atento. Yo mismo me quedé sorprendido cuando leí en el Mahaparinibbanasutra [relató en pali de la muerte de Buda] un discurso que trata del último mes de su vida, que dondequiera que se detuviera y le hablara a sus discípulos siempre decía: estén atentos, cultiven la atención, la alerta mental. Se denomina la presencia del alerta mental. Éste también es un punto de mucha importancia en sus enseñanzas, que practico y tengo en gran estima.
  • Luego otra cosa interesante es su continuo hincapié en la transitoriedad. Esto es algo fundamental en las enseñanzas del Buda: que todo es transitorio, que no hay nada permanente. Y en el libro Liberarse del pasado usted ha dicho que el percibir que nada es permanente es de suma importancia, pues sólo entonces la mente es libre. Eso está en completo acuerdo con las Cuatro Nobles Verdades del Buda.
  • Hay otro punto que muestra cómo sus enseñanzas y las del Buda concuerdan. Creo que en Liberarse del pasado, usted afirma que el control y la disciplina externa no son el camino a seguir, ni tampoco tiene ningún valor la vida no disciplinada. Cuando leí esto anoté en el margen: un brahmán le preguntó al Buda, ¿cómo ha alcanzado usted estas alturas espirituales, por medio de qué preceptos, de qué disciplina, de qué conocimientos? El Buda le contestó: no mediante el conocimiento, ni la disciplina, ni los preceptos, ni tampoco sin ellos. Eso es lo importante, no con estas cosas, pero tampoco sin ellas. Es exactamente lo que dice usted. Usted condena el sometimiento a una disciplina, pero sin disciplina la vida no vale nada. Así es exactamente en el budismo zen [en China, el budismo, en su asociación con el taoísmo –doctrina de Lao Tsé-, conformó la enseñanza Chan, que luego se convertiría en Japón en el budismo Zen.]. No hay budismo zen; zen es budismo. En zen, el sometimiento a la disciplina es visto como apego, y eso es muy censurado, sin embargo, no hay secta budista alguna en el mundo en la que se ponga tanto énfasis en la disciplina.

Las palabras de Krishnamurti se vuelven la roca contra la que los pensamientos se estrellan, se aproximan, se equiparan, se miden. El núcleo central es que el hombre tiene que ser una luz para sí mismo. La verdad es un proceso de descubrimiento propio. Nadie puede dar la verdad a otro. Por lo tanto, la manera de abordar la enseñanza, el ‘cómo’ de la misma no es por emulación o aproximación ni siguiendo a otro, sino a través de una investigación interna en la que se revelan los movimientos de la mente como pensamiento y acción y surge un discernimiento directo (insight) que percibe ‘lo que es’, sin juicio ni intento alguno por cambiar aquello que se revela; una investigación en el ser externo e interno del hombre, que se interesa en la terminación del movimiento del devenir. De esto surge una acción que habrá de trasformar al hombre y al medio en el que vive. Esto sólo es posible cuando hay un despertar de los sentidos a su más plena capacidad, sin la interferencia del ego, del yo como deseo, de las presiones que normalmente motivan la acción. Sólo en un estado plenamente despierto de ver y escuchar, el sentido del ego pierde su empuje en una sola dirección, y el millón de años del pasado, el presente y el futuro existen y operan simultáneamente. La mente despierta es totalmente estable, totalmente silenciosa; no obstante, rica en el funcionamiento de todas las facultades en su más alto nivel. De esto surgen la claridad y destreza en la acción. La pregunta que formula Krishnamurti, el reto que propone es: ‘¿es eso posible?’. Prefacio: Pupul Jayakar y Sunanda Patwardhan

En Varanasi habló de la enseñanza como ‘el espejo en el cual ustedes ven reflejarse lo que es. La enseñanza es la percepción, dentro de uno, de lo real’. Krishnaji dijo que había hablado muchísimo; existía una gran cantidad de libros. La gente se refería a ellos como ‘las enseñanzas de Krishnamurti’. ‘Las enseñanzas no son el libro’, dijo. ‘Las únicas enseñanzas son, mírese a sí mismo, investigue dentro de sí mismo (…) y vaya más allá. No existe la comprensión de las enseñanzas, sólo la comprensión de uno mismo. Las palabras de Khrishnamurti son para señalar el camino. La única enseñanza es la comprensión de uno mismo’.

Sahnkar Rao Deo dijo: ‘para comprender a Krishnaji, uno tiene que comprender el yo. Krishnaji ha dicho: la comprensión del yo involucra al tiempo y al espacio; la comprensión existe cuando se ha terminado el tiempo’.

P: ¿hay algo nuevo en vuestra enseñanza? K: descubrir por vosotros mismos es mucho más importante que mi afirmación o negación. Es vuestro problema, no el mío. Para mí, todo esto es totalmente nuevo, porque tiene que ser descubierto de momento a momento; no puede ser acumulado después de descubierto, no es algo que haya de ser experimentado y luego retenido como recuerdo, lo cual sería como poner vino nuevo en odres viejos. Tiene que descubrirse según va uno viviendo día tras día, y es nuevo para la persona que así lo descubre. Pero vosotros estáis siempre comparando lo que se dice con lo que dijo algún santo, o Shankara [788-820. Fundador del Vedanta -una de los seis sistemas metafísicos de la India que se inspiran en los Upanishads (literatura de gran riqueza metafísica)- monista], Buda o Cristo. Decís: ‘todas estas personas dijeron esto antes, y lo único que hace ahora es darle otro giro, una expresión moderna’; y así, naturalmente, no es nada nuevo para vosotros. Sólo cuando hayáis dejado de comparar, cuando hayáis relegado a Shankara, a Buda, a Cristo, con todo su conocimiento, su información, de modo que vuestra mente esté sola, clara, ya no influenciada, controlada, compelida, ni por la psicología moderna ni por las antiguas sanciones y sentencias, sólo entonces descubriréis si hay o no algo nuevo, eterno. Pero eso requiere vigor, no indolencia; reclama una separación radical de todas las cosas que uno ha leído o que le han dicho sobre la verdad y Dios. Aquello que es eterno, nuevo, es algo viviente, y por lo tanto no se le puede hacer permanente, y una mente que quiera hacerlo permanente nunca lo hallará

P: ¿por qué su enseñanza es tan estrictamente psicológica? No hay en ella cosmología ni teología ni ética ni estética ni sociología ni ciencia política, y ni siquiera higiene. ¿Por qué se concentra tan sólo en la mente y su funcionamiento. K: si el pensador puede comprenderse a sí mismo, habrá resuelto todos sus problemas. Sólo entonces hay creación, sólo entonces existe la realidad. Porque entonces, lo que haga no será antisocial.

P: ¿está usted enseñando meramente una forma más sutil de psicología? K: ¿qué entendemos por psicología? ¿No es, acaso, el estudio de la mente humana, de nosotros mismos? Si no comprendemos nuestra propia estructura, nuestra propia psique, nuestro propio pensamiento-sentimiento, ¿cómo podemos, entonces, comprender otras cosas? ¿Cómo puede usted saber si lo que piensa es verdadero, cuando no se conoce a sí mismo? Si no se conoce a sí mismo, no conocerá la realidad. La psicología no es un fin en sí misma; es tan sólo un principio. En el estudio de nosotros mismos, echamos los cimientos apropiados para la estructura de la realidad. Debemos tener esos cimentos, pero no son un fin en sí mismos, no constituyen la estructura. Si no hemos echado los cimentos correctos, surgirán a la existencia la ignorancia, la ilusión, la superstición, tal como existen en el mundo de hoy. Estos cimientos correctos deben ser colocados usando medios correctos. No podemos tener lo verdadero empleando medios falsos. El estudio de uno mismo es una tarea extremadamente difícil, y sin conocimiento propio y recto pensar, no es posible comprender la realidad suprema. Si no nos damos cuenta de la autocontradicción en la que vivimos, si no la comprendemos al igual que la confusión y las diferentes capas de la conciencia, entonces, ¿sobre qué base hemos de construir? Sin conocimiento propio, aquello que construimos, nuestras formulaciones, creencias y esperanzas tendrán muy poca significación. El comprendernos a nosotros mismos requiere una gran dosis de desapego y sutileza, de perseverancia y penetración, no dogmatismo ni afirmación ni negación ni comparación, de lo cual resultan la confusión y el dualismo. Usted debe ser su propio psicólogo, debe estar lúcidamente alerta a sí mismo, porque de usted mismo proviene todo conocimiento, toda sabiduría. Nadie puede ser un experto en lo que a usted respecta. Es usted quien debe descubrir y, de este modo, podrá liberarse; ninguna otra persona puede ayudarle a que se libere de la ignorancia y del dolor. Usted crea su propio dolor, y no hay otro salvador que usted mismo.

Es importante comprender desde el principio mismo que no se está formulando ninguna filosofía, ningún edificio intelectual de ideas o de conceptos teológicos o puramente intelectuales. Lo que interesa es producir en nuestras vidas una revolución total, que no tenga nada que ver con la estructura de la sociedad tal como es. Al contrario, si no comprendemos toda la estructura psicológica de la sociedad de la cual formamos parte, que hemos construido a través de siglos, y si no quedamos libres por completo de esa estructura, no podrá haber revolución psicológica total, y es indispensable una revolución de esta clase.

La pregunta que se formula a menudo es: Krishnamurti ha hablado durante cincuenta años; ¿qué pasa con las mentes de las personas que le han escuchado, qué cambios han tenido lugar en sus mentes y en sus vidas? Gran parte de su enseñanza es pertinente para la crisis contemporáneas y está penetrando en la corriente de la conciencia humana, pero el rechazo de Krishnamurti a ofrecer cualquier tipo de soluciones ocasionales, su negativa a limitarse a un método y su exigencia de una nueva dirección en la conciencia del hombre que pueda dar nacimiento a una mente nueva, a una nueva generación, han dejado sin asidero alguno a sus oyentes. Pupul Jayakar y Sunanda Patwardhan.

Si observan, verán que cualquiera que sea la profesión a la que pertenezcan, ésta también les está esclavizando. ¿Cómo puede ser libre un hombre que ha consumido cuarenta años en una profesión determinada? Miren lo que le ocurre a un médico. Habiendo pasado seis años en una universidad, durante el resto de su vida es un practicante general de la medicina o un especialista, y se convierte en un esclavo de su profesión. No hay duda de que su margen de libertad es muy estrecho. Y lo mismo vale para los políticos, los reformadores sociales, las personas que tienen ideales, un objetivo en la vida. Si son observadores, verán que en todas partes del mundo el margen de libertad y dignidad humana es cada vez menor. Nuestras mentes son meras máquinas. Aprendemos una profesión y después somos sus esclavos para siempre y, a mi parecer, requiere una gran dosis de comprensión, de verdadera percepción, de discernimiento directo, romper este círculo que la mente y la sociedad han tejido alrededor de cada uno de nosotros. Para enfocar estas servidumbres de una manera nueva, para abordarlas de modo fundamental, radical y profundo, pienso que uno tiene que ser revolucionario, lo cual implica pensar y sentir totalmente, no sólo mirar las cosas desde fuera. Y tiene que haber un sentido de humildad.

Parece muy urgente e importante que demos origen a una generación nueva; incluso media docena de personas así en el mundo harían una diferencia inmensa. Pero el educador necesita educación. La de educador es la mayor vocación del mundo.

Ralph Buultjens:

  • Toda la vida de Krishnamurti estuvo centrada en hacer realidad y explicar la búsqueda humana. Su popularidad solía fluctuar, pero persistió en sus esfuerzos para ‘hacer que el hombre fuera absoluta e incondicionalmente libre’.
  • Hacia el final de su vida, nuevas generaciones -los niños de nuestra era tecnológica- redescubrieron a Krishnamurti. En una época caracterizada por sectas violentas y estentóreas, religiones confusas, sermoneadores de púlpito, él retuvo el aura propia de un antiguo profeta. Las modas filosóficas llegaron y se fueron; Krishnamurti perduró.
  • Existen dos razones para esta aparente intemporalidad. La más obvia es, desde luego, la personalidad de Krishnamurti. Su persona pública irradiaba una especie de carisma reservado, la atracción de una luminosa modestia. Añádase a esto una manera de hablar y un tono que solían evocar cierta intimidad personal incluso en medio de los mayores auditorios.
  • Sin embargo, la personalidad sola resulta, al fin y al cabo, una explicación poco satisfactoria. Muchos que no vieron ni escucharon a Krishnamurti, fueron y siguen siendo atraídos por su pensamiento. Para apreciar, pues, esta atracción, debemos acudir a la fuente filosófica, a las ideas por él enunciadas y a sus temas esenciales. Un examen cuidado de su obra revelará tanto consistencia como cambios. Mientras que ciertos conceptos centrales permanecen invariables en lo fundamental, Krishnamurti no vacila en adaptarse a nuevas circunstancias históricas y a evolucionar de acuerdo con nuevas búsquedas espirituales.
  • Una y otra vez, declaró que la gente no necesita ser guiada, que necesita despertar. Esta gran confianza en el potencial humano, tenía sus raíces en el conocimiento de que el desarrollo de cada individuo no tiene límites si éste puede desprenderse de las adherencias culturales que agobian su ser: ‘una teoría basada en la experiencia que otra persona ha tenido en cuestiones que conciernen a la psique y a la vida interior, no tiene en absoluto significado alguno. Debemos abandonarla por completo, porque hemos de permanecer solos’. Al negar de este modo el carácter transferible de la experiencia y al rechazar toda guía espiritual, incluida la propia, rompe con la mayoría de las religiones del mundo, todas las cuales tienen paradigmas e instructores espirituales, cuyos ejemplos podemos emular. No era su propósito atacar otras creencias, pero previene frecuentemente contra el poder engañoso de las religiones, las instituciones, los rituales y, sobre todo, contra el poder divisorio del sectarismo.
  • Es difícil valorar su estatura histórica. Está demasiado cerca de nosotros y es demasiado pronto para conocer el efecto pleno de sus enseñanzas. Al fin y al cabo, durante varias décadas subsiguientes a la crucifixión de Jesucristo, hubo pocos indicios de que habría de dejar una huella importante en la historia. En el momento de su muerte y durante bastante tiempo después, ¿quién podría haber predicho la influencia a largo plazo de Buda, Confucio, o incluso Carlos Marx? Si las ideas de Krishnamurti llegan a ser más ampliamente aceptadas en el futuro, será porque estarán en resonancia con los anhelos humanos, ya que hablan resueltamente a los individuos desilusionados de las macroideologías omniscientes y transformadoras de la sociedad.

Krishnamurti pidió en diversas ocasiones que no hubiera una interpretación autoritaria de su enseñanza, aunque alentó a quiénes se interesaban en la misma a que la discutieran entre ellos. Rehusó ser el gurú de nadie. No quería personas que le siguieran ciega y obedientemente. Deploraba tanto el culto que se hacía del gurú, como la meditación trascendental traída a Occidente desde la India. En especial, no quería discípulos que pudieran crear otra religión alrededor de él edificando jerarquías y asumiendo autoridades. Todo cuanto reclamaba para su enseñanza era que fuera un espejo en el que las personas pudieran verse exactamente como eran interna y externamente y si no les gustaba lo que veían, que cambiaran ellas mismas. Los auditorios para las pláticas de Krishnamurti no eran numerosos, variando entre 1000 y 5000 personas en sus últimos veinte años según fuera la capacidad de la sala o de la carpa en la que hablaba. ¿Cuál era su atracción para aquellos que venían a escucharle? Era notable que pocos hippies había entre ellos, aunque casi todos fueran jóvenes. Sus auditorios eran en su mayor parte personas de buenos modales, vestidas con pulcritud, tanto hombres como mujeres, quienes le escuchaban seria y atentamente aun cuando él no poseía el don de la oratoria. Su enseñanza no tenía el propósito de brindar consuelo, sino de sacudir a la gente para que tomara conciencia del estado peligroso del mundo, por el que cada individuo era responsable, puesto que, según él, cada individuo era el mundo en microcosmos.

En Rajghat alguien pidió a K que definiera su propia enseñanza. Él respondió sorprendido: ‘¿me lo pregunta a mí? ¿Usted me pregunta qué es la enseñanza? Yo mismo no lo sé. No puedo expresarlo en pocas palabras. Pienso que la idea del que enseña y el enseñador es básicamente errónea, al menos lo es para mí. Creo que es una cuestión de compartir, más que de ser enseñado. Deseando hacerle la misma pregunta cuando estaba escribiendo el segundo volumen de su biografía, formulé por escrito una breve declaración que comenzaba: ‘la esencia revolucionaria de la enseñanza de Krishnamurti (…)’ y se la envié para que la aprobara. He aquí lo que él escribió: ‘la esencia de la enseñanza de Krishnamurti está contenida en la declaración que él hizo en 1929 cuando dijo: la verdad es una tierra sin senderos. El hombre no puede llegar a ella a través de ninguna organización, de ningún credo, de ningún dogma, sacerdote o ritual, de ningún conocimiento filosófico ni de técnica psicológica alguna. Tiene que encontrar la verdad mediante el espejo de la relación, mediante la comprensión de los contenidos de la propia mente; por medio de la observación y no por el análisis intelectual o la disección introspectiva. El hombre ha construido internamente imágenes como una valla de seguridad: imágenes religiosas, políticas, personales. Éstas se manifiestan como símbolos, ideas, creencias cuya carga domina el pensar humano, las relaciones y la vida cotidiana. Estas son las causas de nuestros problemas porque separan al hombre del hombre en todas sus relaciones. Su percepción de la vida está moldeada por los conceptos ya establecidos en su mente. El contenido de su conciencia es esta conciencia. Este contenido es común a toda la humanidad. La individualidad es el nombre, la forma y la cultura superficial que el hombre adquiere de su medio ambiente. La singularidad del individuo no radica en lo superficial sino en la total libertad con respecto al contenido de su conciencia. La libertad no es una reacción; la libertad no es una opción. Es jactancia del hombre creer que porque tiene poder de optar es libre. La libertad es observación pura sin dirección sin el miedo que se esconde tras el castigo y la recompensa. La libertad está exenta de motivo; la libertad no se halla al final de la evolución del hombre sino en el primer paso de su existencia. En la observación uno comienza a descubrir la falta de libertad. La libertad se encuentra en la percepción directa y sin opciones de nuestra existencia diaria. El pensamiento es tiempo. El pensamiento nace de la experiencia, del conocimiento, que son inseparables del tiempo. El tiempo es el enemigo psicológico del hombre. Nuestra acción se basa en el conocimiento y, por lo tanto, en el tiempo; de modo que el hombre es siempre un esclavo del pasado. Cuando el hombre se dé cuenta del movimiento de su propia conciencia, verá la división entre el pensador y el pensamiento, el observador y lo observado, el experimentador y la experiencia. Descubrirá que esta división es ilusoria. Sólo entonces hay observación pura que es discernimiento instantáneo sin sombra alguna del pasado. Este discernimiento intemporal genera un cambio profundo y radical en la mente. La negación total es la esencia de lo positivo. Cuando negamos todas las cosas que no son el amor -cosas como el deseo, el placer-, entonces el amor está ahí con su compasión e inteligencia’. Esto es más que una breve declaración, pero ¿podría ser expresado con mayor concisión o claridad? Quizás, en este resumen, no ha acentuado lo suficiente el concepto de la formación de imágenes. Todos formamos imágenes de nosotros mismos y de los demás, y estas imágenes son las que se encuentran, reaccionan y quedan lastimadas. Son estas imágenes las que interfieren con las relaciones verdaderas entre los seres humanos, aun en las más íntimas.

¿Ha habido un cambio profundo en mí ya sea de treinta años a esta parte, o desde que empecé, a partir del comienzo mismo? Para ser realmente veraz y exacto, no. Ha habido, sí, cambios en la expresión, cambios en el vocabulario, cambios en el lenguaje y los gestos -usted sabe, todo eso-, pero desde el comienzo hasta ahora no ha habido un cambio fundamental. En consecuencia, para responder a su pregunta acerca de sí ha habido, entre los años treinta, cuarenta y hoy, un cambio fundamental en mí, digo: no; ha habido un cambio considerable en la expresión, en el modo como uso las palabras, etc., pero la enseñanza es básicamente la misma. J. Krishnamurti.

Raymond Martin de la Universidad de Maryland:

  • Al igual que Sócrates, quien mediante su ejemplo y cuestionamiento alienta a sus interlocutores a examinar críticamente los supuestos de los que dependen sus creencias, Krishnamurti, mediante su ejemplo y cuestionamiento, anima a sus oyentes a examinar de forma crítica los supuestos de los que depende la experiencia que tienen de sí mismos y del mundo. En otras palabras, mientras Sócrates promueve lo que hoy llamaríamos pensamiento crítico (o simplemente filosofía), Krishnamurti promueve lo que podríamos llamar mirar crítico (lo que él a veces denominaba darse cuenta no selectivo).
  • En la época en la que Sócrates propuso el pensamiento crítico, los atenienses no tenían muchas razones para suponer que fuera a dar fruto. Pero lo dio. La ciencia es parte de ese fruto. También lo es la disposición moderna a cuestionar la autoridad de las opiniones recibidas. Krishnamurti creía que no hemos ido lo suficientemente lejos en nuestras dudas. Creía que nuestro cuestionamiento está seriamente limitado y que éste es uno de los principales obstáculos que necesitamos superar. ¿Podría tener razón?
  • Krishnamurti no fue el primero en proponer el mirar crítico. Otros, como el Buda, ya lo habían propuesto. Pero la forma de abordarlo de Krishnamurti fue diferente y tal vez más apropiada para filósofos y estudiantes de filosofía de mentalidad escéptica. En primer lugar, Krishnamurti estuvo en contra de la autoridad hasta un grado que pocos pensadores han alcanzado nunca. A él no le servían de nada credos y teorías. Desaconsejaba a la gente autoexaminarse en un ámbito institucional o como parte de una disciplina espiritual. Enseñó que al examinarse a sí mismo uno ni siquiera debería ampararse en lo que ha aprendido en anteriores exámenes. La libertad que necesitamos para ver lo que es verdad, dijo, es liberarse de lo conocido. Y como él nos habló en un lenguaje contemporáneo, puede resultarnos más fácil comprender lo que dijo.
  • A Krishnamurti la filosofía académica le era de escasa utilidad. En ocasiones, la descartaba por considerarla una pérdida de tiempo, o peor aún, un generador de teorías que se convierten en obstáculos en el intento de un individuo por comprenderse a sí mismo. No obstante, gran parte de lo que Krishnamurti dijo es profundamente relevante para la filosofía. Su relevancia no consiste en que él tuviera teorías que proponer o críticas que hacer a las teorías existentes. El énfasis de Krishnamurti recae sobre las percepciones directas (insights). Su talento como instructor radica en que las propicia. Da la casualidad que muchas de las percepciones directas que fomenta en sus lectores son de capital relevancia para la filosofía contemporánea, particularmente en lo referente a las teorías sobre la subjetividad y los valores humanos.
  • Entre las cosas que creyó ver se encuentran ciertas estructuras psicológicas inherentemente distorsionadas que producen una división en la conciencia de casi todo el mundo entre ‘el observador’ y ‘lo observado’. Esta división, creía él, es una poderosa fuente de conflicto, tanto interiormente para el individuo como, exteriorizado a través del individuo, para el conjunto de la sociedad.
  • Sus pláticas no eran conferencias sino, más bien, intentos de entablar un diálogo con sus oyentes en el cual él y ellos se centraran completamente en algún aspecto de la experiencia o de la conducta. Sus pláticas eran, en efecto, meditaciones pautadas. O sea, intentos por parte de Krishnamurti de pasar por un proceso vivencial junto con sus oyentes.
  • En el pensamiento de Krishnamurti, más que conclusiones teóricas hay una apertura a percepciones importantes, por ejemplo, en lo concerniente a la naturaleza de la identificación y su papel en la formación del ego. Krishnamurti sugiere que para tener tales percepciones uno tiene que mirar con frescura.
  • Krishnamurti habló con una voz distintiva. Como enemigo incondicional de la autoridad, incluso de la autoridad de la propia experiencia pasada, su énfasis recaía sobre el examen directo de la experiencia actual. Negándose a discutir libros o teorías, alentó a las personas a observarse a sí mismas, particularmente en sus relaciones con otras personas, cosas y actividades, y les contó lo suficiente acerca de lo que verían si mirasen para ponerles en camino. Es como si, por el hábito de comprendernos a nosotros mismos de maneras consabidas, nos encontráramos, incluso al nivel de la experiencia, atrapados en teorías. Krishnamurti fue y es sumamente hábil ayudando a las personas a salir del atolladero, o sea, ayudándoles a tener percepciones que rompen los moldes de las pautas de pensamiento profundamente arraigadas. En otras palabras, su preocupación no era que sus comentarios fuesen relevantes para la teoría, aunque a menudo lo son, sino que fueran relevantes para la vida. Su intención era dialogar con personas apasionadamente interesadas en comprenderse a sí mismas y el mundo en el que viven. El propósito de esta interacción era aclarar lo que significa ser uno mismo y vivir en este mundo. El acercamiento de Krishnamurti a los temas de perenne interés filosófico era más meditativo que racionalmente discursivo.
  • Leyó mucho, entre otros autores, a Stephen Leacock [Leacock, Stephen Butler (1869-1944), escritor y economista canadiense. Nació en Swanmore (Inglaterra), aunque desde su infancia vivió en Canadá], P. G. Wodehouse [Wodehouse, Pelham Grenville (1881-1975), escritor anglo-estadounidense. Nació en Guilford (Inglaterra). Su reputación como novelista de humor quedó establecida con su obra Psmith in the City (1910)], Turgeniev [Turguéniev, Iván Serguéievich (1818-1883), escritor ruso], Dostoyevski [Dostoievski, Fiódor Mijáilovich (1821-1881), novelista realista ruso], Nietzsche [Nietzsche, Friedrich (1844-1900), filósofo, poeta y filólogo alemán], Bergson [Bergson, Henry (1859-1941), filósofo francés y premio Nobel], Shelley [Shelley, Mary Wollstonecraft (1797-1851), novelista inglesa, hija del filósofo británico William Godwin y de la escritora y feminista Mary Wollstonecraft] y Keats [Keats, John (1795-1821), poeta inglés]. En 1921, Krishnamurti se fue a París, donde hizo algunos cursos en la Sorbona y estudió sánscrito.

P: algunos dicen que usted es el Cristo, otros que es el Anticristo. En realidad, ¿qué es usted? K: no creo que importe demasiado qué soy yo. Lo que importa es si ustedes comprenden inteligentemente lo que digo. Si uno posee una apreciación profunda de la belleza, tiene poca importancia saber quién pintó el cuadro o quién escribió el poema. (Aplausos y objeciones). Señores, no estoy eludiendo la pregunta, porque no creo que importe en lo más mínimo quién soy yo. Si empezara a afirmar o a negar, me convertiría en una autoridad. Pero si ustedes, mediante el propio discernimiento, comprenden y viven aquello que es verdadero y vital en lo que digo, entonces habrá realización creativa. Después de todo, lo que tiene fundamental importancia es que vivan de manera plena, completa, y no el saber qué soy yo.

P: ¿es usted el fundador de una nueva religión universal? K: si por religión entiende usted nuevos dogmas, credos, otra prisión para sujetar al hombre y crear más temor en él, entonces, por cierto, no lo soy. Cuando uno pierde el sentido de la Divinidad, el sentido de la belleza, entonces se vuelve religioso o ingresa en una secta religiosa. Yo deseo despertar esa inteligencia que es lo único que puede ayudar al hombre a realizarse en plenitud, a vivir dichosamente, sin dolor. Pero depende de ustedes que haya más seguidores y, por lo tanto, destructores, o que haya amor y unidad humana.

P: ¿cómo se propone usted justificar su afirmación de ser el Instructor del Mundo? K: no estoy realmente interesado en justificación. El rótulo no es lo que importa, señores. El grado, el título no tiene ninguna importancia; lo que importa es lo que son ustedes. De modo que descarten el título, tírenlo al canasto, quémenlo, desembarácense de él. Vivimos a basados en palabras, no vivimos basados en la realidad de lo que es. ¿Qué importancia tiene el modo como yo pueda llamarme o no llamarme? Lo que importa es si digo la verdad; y si es verdad lo que digo, entonces descubran la verdad por sí mimos y vívanla. Señores, los títulos, ya sean espirituales o mundanos, son un medio de explotar a la gente. Y a nosotros nos gusta que nos exploten. Tanto el explotador como el explotado disfrutan de la explotación. (Risas). Ya lo ven, ¡se ríen! Y eso es todo lo que harán, porque no ven que ustedes mismos son explotados y, por lo tanto, crean al explotador -ya sea el explotador capitalista o el explotador comunista-. Vivimos de títulos, palabras, frases que no tienen ningún sentido; por eso estamos internamente vacíos y sufrimos. Examinen, por favor, lo que se dice, o lo que yo digo, y no vivan tan sólo en el nivel verbal, porque en ese nivel no puede haber experiencia. Podrán leer todos los libros del mundo, todos los libros sagrados y los libros psicológicos, pero el mero vivir en ese nivel no les satisfará, y me temo que eso es lo que está sucediendo. Internamente, estamos vacíos, y por eso accedemos a las ideas de otras personas, a las experiencias, caprichos, lemas de otros, con lo cual nos estancamos; y eso es lo que está ocurriendo en todo el mundo. Acudimos a la autoridad, al gurú, al maestro, y todo eso se encuentra en el nivel verbal. Para experimentar la verdad por nosotros mismos, para comprender y no seguir la comprensión de alguna otra persona, debemos abandonar el nivel verbal. Al fin de comprender la verdad por nosotros mismos, debemos estar libres de toda autoridad, no rendir culto a otro, por grande que sea, porque la autoridad es un veneno sumamente pernicioso que impide la experiencia directa. Sin la experiencia directa, sin comprensión, no puede haber realización de la verdad. De manera que no estoy presentando nuevas ideas, porque las ideas no trasforman radicalmente a la humanidad. Pueden generar revoluciones superficiales, pero lo que tratamos de hacer es algo por completo diferente. En todas estas pláticas y discusiones, si les interesa asistir a ellas, procuramos entender qué significa mirar las cosas tal como son; entonces, al comprenderlas, hay una transformación. Saber que soy codicioso, sin buscar excusas para ello y sin condenarlo, sin idealizar el opuesto diciendo: ‘no debo ser codicioso’, es ya el comienzo de la transformación. Pero, como ven, ustedes no quieren saber lo que son, sino lo que es el gurú, lo que es el maestro. Rinden culto a otros, porque eso les brinda satisfacción. Es mucho más fácil escapar estudiando a algún otro, que vernos a nosotros mismos tal como somos. Señores, Dios o la verdad está dentro de lo que es, no en las ilusiones. Pero comprender lo que es resulta muy difícil, porque lo que es nunca es estático, cambia constantemente, experimenta modificaciones. Para comprenderlo, necesitamos una mente rápida, no anclada en una creencia, en una conclusión o en un partido político. Y para seguir

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lo que es, tenemos que comprender el proceso de la autoridad -por qué nos aferramos a la autoridad- y no limitarnos a descartarla. No podemos descartar la autoridad sin comprender la totalidad de su proceso, porque si no lo hacemos así, crearemos una nueva autoridad para librarnos de la autoridad vieja. Por consiguiente, esta pregunta no tiene sentido si usted sólo toma en cuenta el rótulo, porque no me interesan los rótulos. Pero, si tiene ganas de hacerlo, podemos hacer juntos un viaje para descubrir lo que es; entonces, al conocernos a nosotros mismos, podremos dar origen a un mundo nuevo, un mundo donde exista la verdadera felicidad.

P: sus enseñanzas ¿están destinadas sólo a los sanyasis [asceta, monje] o a todos nosotros con nuestras familias y responsabilidades? K: estas enseñanzas están destinadas a todos, a los que han renunciado al mundo y a los que están en él. Aquél que renuncia sigue en el mundo de sus ardientes deseos, igual que el hombre mundano. Ambos son cautivos, cautivos de los valores sensorios o esclavos de la mente. Estas enseñanzas traen la libertad para ambos.

Pregunta: ¿por qué habla usted? K: pienso que esta pregunta es muy interesante, tanto para que la responda yo como para que la respondan ustedes. No sólo por qué hablo, sino por qué escuchan. Es en serio; si yo hablara para expresarme a mí mismo, les estaría explotando. Si mi hablar es para mí una necesidad de sentirme halagado, una necesidad egocéntrica, autoafirmativa, etc., entonces tengo que usarles; entonces ustedes y yo no tenemos relación alguna, porque ustedes son una necesidad para mi egoísmo. Les necesito para apoyarme en ustedes, para sentirme internamente rico, libre, aplaudido por tantas personas que me escuchan. Entonces les estoy usando, nos usamos el uno al otro. Es obvio, pues, que no hay relación alguna entre nosotros, porque ustedes son útiles para mí. Cuando les uso, ¿qué relación tengo con ustedes? Ninguna. Y, si hablo porque tengo una serie de ideas que deseo comunicarles, son las ideas las que adquieren importancia; y no creo que las ideas puedan producir alguna vez un cambio radical, fundamental, una revolución en la vida. Las ideas jamás pueden ser nuevas, jamás pueden originar una transformación, una oleada creativa, porque las ideas son tan sólo la respuesta a un pasado continuo; pueden modificarse o alterarse, pero siguen perteneciendo al pasado. Si hablo porque quiero que ustedes cambien, o que acepten mi particular manera de pensar, o se conviertan en mis discípulos, entonces ustedes, como individuos, nada significan, ya que sólo me interesa transformarles conforme a una opinión en particular. Entonces ustedes carecen de importancia; lo importante es el modelo según el cual quiero transformarles. Y bien, ¿por qué hablo? Si no es por ninguna de estas cosas, entonces, ¿por qué es? Responderemos a eso dentro de poco. Después, está la pregunta; ¿por qué escuchan ustedes? ¿No es ésta igualmente importante? Tal vez más. Si escuchan para obtener algunas ideas nuevas o una nueva manera de considerar la vida, entonces se decepcionarán, porque no voy a darles nuevas ideas. Si escuchan para experimentar algo que, según piensan, yo he experimentado, entonces tan sólo están imitando, esperando capturar algo que creen que tengo. Por cierto, las cosas verdaderas de la vida no pueden ser experimentadas indirectamente, por intermedio de otro. O, debido a que se hallan en dificultades, a que tienen innumerables conflictos que les ocasionan aflicción, sufrimiento, vienen aquí para encontrar la manera de salirse de ellos. Me temo que no puedo ayudarles. Todo cuanto puedo hacer es señalarles su propia dificultad, y entonces podremos discutirla juntos, pero son ustedes quienes tienen que ver. Por lo tanto, es indispensable que ustedes mismos descubran por qué vienen aquí y escuchan. Ya que si tienen un propósito, una intención distinta de la mía, jamás nos encontraremos. En tal caso, no hay relación entre ustedes y yo, no hay comunión. Ustedes desean ir al Norte, y yo voy al Sur. Tan sólo nos cruzaremos en el camino. Pero ésa no es, evidentemente, la intención de estas reuniones. Lo que intentamos hacer es emprender un viaje juntos y experimentar juntos a medida que avanzamos; no es que yo les imparta una enseñanza y ustedes me escuchan, sino que estamos explorando juntos, si es posible, de modo que cada uno no sea sólo el maestro sino también el discípulo en el descubrimiento y la comprensión. Entonces no existe división alguna de lo superior y lo inferior, del instruido y el ignorante, del que se ha realizado y del que todavía se encuentra en el camino de la realización. Tales divisiones deforman, sin duda, la relación; y sin comprender la relación, es imposible comprender la realidad. Les he dicho por qué hablo. Quizá piensen que les necesito a fin de descubrir. No es así, por cierto. Tengo algo que decir; pueden tomarlo o dejarlo. Y, si lo toman, no es que lo estén tomando de mí. Yo tan sólo actúo como un espejo en el que se ven a sí mismos. Quizá no les guste ese espejo y, por eso, lo descarten, pero cuando miren en el espejo, miren claramente, sin emotividad, sin empañarlo con sentimentalismo. Y es, sin duda, importante que descubran por qué vienen aquí y escuchan. Si es simplemente un entretenimiento para la tarde, si en vez de ir al cine vienen aquí, eso carece totalmente de valor. Si lo hacen tan sólo para argumentar, o para capturar nuevas series de ideas a fin de usarlas cuando diserten por ahí o escriban un libro o discutan, eso también carece de todo valor. Pero si vienen para descubrirse de veras a sí mismos en la relación con los demás, entonces eso es valioso, tiene significación, entonces esta reunión no será como muchas otras a las que asisten. Desde luego, estas reuniones están destinadas no a que ustedes me escuchen a mí, sino a que se vean reflejados en el espejo que intento describir. No tienen que aceptar lo que ven, eso sería tonto. Pero, si miran en el espejo desapasionadamente, tal como escucharían música, o como se sentarían debajo de un árbol a contemplar las sombras de un anochecer, sin condenar nada, sin ninguna clase de justificación -simplemente mirando en el espejo-, esa percepción misma de lo que es produce una cosa sumamente extraordinaria si no hay resistencia. Eso es, por cierto, lo que tratamos de hacer en todas estas pláticas. Así es como adviene la verdadera libertad, pero no mediante el esfuerzo.

Una de las cosas que primero me atrajeron hacia las pláticas y los escritos de J. Krishnamurti fueron sus incisivos discernimientos directos (insights) en muchas de las cuestiones relativas a la conciencia y la percepción. También me sentí intrigado por la manera como él discutía estas cuestiones. Mi primera experiencia con su obra fue a través de libros, muchos de ellos transcripciones revisadas de sus pláticas. En éstas, encontré una gran claridad con respecto a las operaciones que tienen lugar dentro de la mente y pude apreciar que él sostenía estas discusiones, sin proponer para su aceptación ningún dogma filosófico o religioso. La forma de su discurso, según me pareció, admitía cierta similitud con una obra de arte: mientras exploraba preguntas fundamentales y evocaba un profundo discernimiento en la relación de la conciencia con el mundo, su exposición no conducía a conclusiones sino que parecía ser un acto vívido de percepción. También advertí que en muchas de sus pláticas él cubría el mismo terreno, que usaba a menudo las mismas palabras, pero que uno no se aburría ni sentía que ya conocía eso, a causa (sospeché) del modo en el que estaban ordenadas estas exposiciones. El orden parecía siempre nuevo, aunque estuviera usando las frases que había usado antes. Me recordó la inacabable fascinación de Cézanne con las naturalezas muertas, de frutas; cierta perpetua inocencia que él poseía y que le permitía hacer tantas pinturas de estos objetos sin jamás aburrirse él ni aburrir a quienes las miraban. Sus escritos y pláticas tienen varias similitudes generales con una obra de arte: cada paso de su razonamiento revela inesperadamente y parece contener en sí el concepto que está discutiendo en ese momento, como un espejo holográfico de los conceptos discutidos antes y aquellos que todavía están por venir. En cada paso de la exposición, se impide a la mente (o al menos se la invita a que no lo haga) formar una conclusión sobre la verdad de las proposiciones. El discurso parece racional, no está adornado con imágenes y es diferente de un método dialéctico o del método zen que intencionalmente se afana en anular el pensamiento, en romper su orden. Antes bien, el discurso de Krishnamurti parece un tipo de investigación que incluye al pensamiento racional como uno de sus términos, y en su misma estructura y movimiento es tanto lógico como imprevisto al mismo tiempo. John Briggs.

Una de las críticas que se han hecho es que las enseñanzas no se interesan en la sociedad y en el entorno del hombre, que Krishnamurti no exige del hombre un compromiso con la sociedad y una acción que pueda resolver la pobreza y las desigualdades humanas, ni establece o prescribe disciplinas de la mente y el cuerpo. La respuesta de Krishnamurti a esta cuestión es que el hombre es totalmente responsable por lo externo e interno de su medio. El hombre es la sociedad. Lo que Krishnamurti reclama, por lo tanto, es una acción que, trasformando al hombre, transforme por sí misma la sociedad. Prefacio. Pupul Jayakar. Sunanda Patwardhan.

Achyut Patwardhan:

  • Entré en contacto con Krishnamurti a una edad muy temprana. La suya era una voz solitaria; él afirmaba que la regeneración debe comenzar con el hombre, desde el centro, no desde la periferia o el medio social. Krishnamurti es el único pensador que yo haya conocido en los últimos cincuenta años que ha formulado esta proposición con repetida coherencia y claridad creciente. Pero su voz fue ahogada por el frenesí apasionado, las agitaciones y luchas en pos de cambios sociales que parecían no tolerar más dilación. Por ejemplo, para quienes vivían en la India, liberarse de la dominación británica parecía más urgente y significativo que ‘La Vida en Libertad’ de la cual hablaba Krishnamurti. Sin embargo, él ha seguido exponiendo reiterada e incansablemente su axioma por todo el mundo, durante más de cincuenta años, en pláticas y libros. Ahora el mundo ha venido a reconocer que, eliminar la explotación del hombre por el hombre dentro de los patrones posesivos de la propiedad, ha motivado la concentración monopolista del poder político y económico, lo cual ha dado origen al predominio de nuevas élites que no corresponden a ningún electorado y que no tienen compromiso alguno con el bienestar humano, ni siquiera con las libertades de sus propios ciudadanos. Ahora está claro como la luz del día, que ninguna ideología, ningún sistema va a crear la ‘sociedad de hombre libres e iguales’, que era la definición clásica de una sociedad socialista. Las revoluciones que parecían irresistibles e inevitables sólo han dado origen a nuevas tiranías. Incluso donde algunas de las ventajas prometidas por la revolución se han alcanzado parcialmente, han sido frustradas por la pérdida de la libertad humana. La seguridad económica está perennemente bajo la sombra del temor a un Estado Omnipotente. El suelo de un orden social más justo se ha esfumado y la casa de nuestra Fe se hace añicos más allá de toda esperanza.
  • La palabra ‘contaminación’ simboliza el mal uso de los recursos naturales y de las técnicas. Antes aún que la palabra contaminación se hubiera vuelto tan horrible como hoy se la considera, Krishnamurti había señalado que el origen de la contaminación está en el cerebro del hombre. Él ha estado señalando cómo el hombre moderno, por todas sus pretensiones científicas, rehúsa observar el modo como funciona su propio cerebro, cómo piensa y cómo su intelecto juega al Abogado del Diablo para sus gustos y aversiones y para su ciego interés propio.
  • Mientras Krishnamurti era aún una voz solitaria en el desierto, hace treinta o incluso cincuenta años, un gran sector de hombres y mujeres perspicaces de todo el mundo había llegado a reconocer la verdad de su insistencia en que la regeneración debe comenzar con el individuo, con cada uno de nosotros, antes de que pueda encontrar una efectiva expresión social. También que este proceso está vitalmente relacionado con su observación de cómo opera el cerebro. Conocer el modo en el que el pensamiento surge y el modo en el que se aquieta, resulta pertinente para la comprensión de nuestro miedo. Por eso Krishnamurti es eminentemente apropiado para la crisis contemporánea.
  • Es fascinante y gratificador volver espontáneamente nuestra atención a la naturaleza. Es el modo de aprender a observar ‘lo que es’ sin proyectar en ello la mente parlanchina manchada por sus recuerdos y reacciones. Esta atención pasiva es la piedra angular de las enseñanzas de Krishnamurti, porque si hemos aprendido a observar de este modo el cielo y el mar, o la tierra desnuda quemada día tras día por el despiadado Sol del verano, con la misma calidad de atención podemos también observar el movimiento de la propia psique, observar minuciosamente los propios pensamientos y deseos, las propias reacciones y los hábitos. Esta capacidad de observar el comportamiento de la mente sin buscar modificarlo, cambiarlo, reprimirlo ni mejorarlo, simplemente observando con atención alerta cómo los recuerdos del pasado y los acontecimientos e incidentes que los rodean moldean la estructura y el movimiento de la mente y del pensar, es una disciplina del aprender que constituye una característica única del arte de escuchar, de ver qué propone Krishnamurti. Abre las puertas de la percepción, porque en esta observación no existe ni la más ligera interferencia con lo que de hecho está siendo observado.
  • Krishnamurti quiere que observemos nuestra psique con la misma pasiva atención alerta con que nos pide que miremos la naturaleza, sin buscar jamás modificarla, sin el proceso del ‘llegar a ser’. De este modo, el movimiento de observar la naturaleza culmina lógicamente en la percepción no distorsionada de los propios impulsos y reacciones, de las tendencias y los hábitos, de las heridas psicológicas y las obsesiones, produciendo un discernimiento en el ‘yo’ como proceso. Él describe esto bellamente diciendo que ‘el proceso de la ignorancia que se sostiene a sí mismo, no tiene comienzo pero puede tener un final’.
  • A menos que el hombre esté dispuesto a optar por la disciplina del aprender, no le será posible acompañar a Krishnamurti por la senda de la regeneración humana. Porque en un mundo que se halla en semejante estado de caos, la regeneración es la única esperanza humana.

La enseñanza fundamental de Krishnamurti puede resumirse en pocas sentencias: la verdad está dentro y puede y debe ser descubierta sólo por cada uno de nosotros. Ningún libro o autoridad nos podrá ayudar a encontrarla, pero una firme resolución, constantemente consciente de lo que somos y como funcionamos, puede llevar la verdad a la superficie. Para ello debemos empezar con las observaciones y los hechos, no con teorías, fantasías o imágenes preconcebidas. Vivir en la verdad es vivir en el instante, ser dinámico, caminar con ella sin añadirle el residuo que él llama tiempo -pensamiento, memoria y el pasado- que la equipara a la mentira. Vivir plenamente en el presente hace que se fusionen el observador y lo observado, y ello se acompaña de un estado ‘que todo el mundo busca y anhela’, como él dijo en cierta ocasión. A pesar de que es reacio a dar nombre a este estado, a veces lo llama amor, belleza, orden, lo eterno -un estado del ser que según él está más allá de la muerte.

Prasad: pese a que las autoridades rusas parecen estar tolerando los libros de varias confesiones religiosas, los suyos están totalmente prohibidos en ese país. ¿Por qué le tienen a usted tanto miedo? K: sí, sé que existe esa prohibición. Permiten los libros religiosos porque esos libros son inocuos. En cuanto a mis libros, no creo que sea cuestión de miedo. Lo que ocurre es que Krishnamurti habla mucho sobre la libertad y ellos naturalmente, están contra ella. Hay un chiste que probablemente ya conozca usted: un borracho se presenta en mitad de la Plaza Roja y comienza a gritar: ‘¡Brezhnev es un loco!’, con toda la fuerza de sus pulmones. La policía le detiene y más tarde es llevado ante el juez. Tras escuchar los cargos existentes en su contra, el juez le condena a veintidós años, de cárcel. El hombre al conocer la sentencia se queja: entiendo que por el delito que he cometido me condenen a dos años de cárcel, pero, ¿por qué una sentencia tan elevada? A lo que el juez le contesta: ‘tiene usted razón. Su sentencia por alterar el orden y proferir insultos en estado de ebriedad en un lugar público es de dos años de cárcel. Los otros veinte son por divulgar un secreto de estado’.

En abril de 1984 me encontraba en Arya Vihara, Ojai. El libro de memorias estaba a punto de completarse, ¿pero cómo sería el final? El río estaba en plena creciente. ¿Era posible destilar la esencia de la enseñanza? A veces parecía tan lúcida, clara, sencilla, y después tan distante, inmensa, universal, que desafiaba una percepción unificada de la misma. Le pregunté cuál era la suma de su enseñanza. Para mí era inmensa. Integraba e incluía las enseñanzas de Buda y del Vedanta Él podía negar el super-Atman, el Brahman [el Ser Supremo], pero en la negación misma emanaba de él la energía que esas palabras comunicaban. Eso me condujo a la tan frecuentemente formulada pregunta: ‘¿quién es Krishnamurti? ¿Cuál es su linaje?’ ¿Era un punto de ruptura en la evolución? Tomaría siglos abarcar totalmente el reto que Krishnamurti le había planteado al cerebro humano -a la raíz de la mente humana. De pronto Krishnaji tomó mi mano: ‘quédese con eso -quédese con el reto- trabaje con eso -olvídese de la persona. Mire lo que han hecho las religiones: se ha concentrado en el instructor y han olvidado la enseñanza. ¿Por qué damos tanta importancia a la persona del instructor? El instructor puede ser necesario para manifestar la enseñanza, pero más allá de eso, ¿qué? El vaso contiene agua; uno tiene que beber el agua, no adorar el vaso. La humanidad adora el vaso, olvida el agua’. Mi cuerpo y mi mente respondieron: ‘aun el hecho de comenzar una real investigación en la enseñanza, implica una ruptura en la conciencia’. ‘Sí, así es’, dijo K. ‘La tendencia humana es concentrarlo todo en la persona del instructor -no en la esencia de lo que dice, sino en la persona. Esa es la gran corrupción. Mire a los grandes instructores del mundo -Mahoma, Cristo y también el Buda. ¡Vea lo que los seguidores han hecho de eso! Los monjes budistas son violentos, matan. Todo lo contrario de lo que el Buda ha dicho. La manifestación tiene que ocurrir a través de un cuerpo humano, naturalmente -la manifestación no es la enseñanza. Tenemos que ser extraordinariamente impersonales en eso. Ver de no proyectar al instructor a causa de nuestro amor y afecto por la persona, olvidando así la enseñanza. Ver la verdad en la enseñanza, ver su profundidad, penetrar en ella, vivir con ella -eso es lo importante. ¿Qué valor tiene si el mundo dice que K es una persona maravillosa? ¿A quién le importa? Pero si K es un punto de ruptura, la palabra no es su medida. La palabra no es importante. Si estuviéramos viviendo en los tiempos de Buda, yo podría sentirme atraído hacia él como ser humano, podría sentir un gran afecto por él, pero estaría más interesado en lo que él dice. Mire, Pupulji, nuestros cerebros se han empequeñecido mucho por las palabras que hemos utilizado. Cuando uno habla a un grupo de científicos, a especialistas en diversas disciplinas, ve que sus vidas se han vuelto muy triviales. Lo miden todo en términos de palabras, de experiencias. Las palabras son limitadas, todas las experiencias son limitadas. Cubren un área muy pequeña.

En 1948, Javdekar y Bhagwat escribieron en el Lok Shakti, un muy respetado periódico de Maharashtra, un artículo a seis columnas en el cual se proclamaba a Krishnamurti como un ser humano realizado. Los pandits de Maharashtra aceptaron a K en 1948; no fue sino hasta los años setenta que los pandits de Varanasi hicieron lo mismo. Con la aceptación de Krishnaji por Javdekar y Bhagwat, una corriente de pensadores de Maharashtra se sintió atraído hacia él. Veían en Krishnamurti a un maestro que, sin contradecir el pasado, había hecho añicos la tradición trascendiéndola. A través de él veían revelarse la verdad luminosa y eterna. Sahnkar Rao Deo dijo: ‘para comprender a Krishnaji, uno tiene que comprender el yo. Krishnaji ha dicho: la comprensión del yo involucra el tiempo y el espacio; la comprensión existe cuando se ha terminado el tiempo’. Apa Sahib Pnat (un antiguo funcionario del Servicio Exterior) había relatado al Dalai Lama la vida de Krishnaji y la extraordinaria naturaleza de sus enseñanzas. El joven monje había comentado: ‘¡un Nagarjuna!’ (referencia al sabio budista del segundo siglo, quien enseñaba la adhesión al ‘Sendero Mediano’ y también el camino de la gran negación), expresando el vívido deseo de conocer a Krishnaji. En su viaje de regreso a Raj Bhawan (después de entrevistarse con Krishnaji), el Dalai Lama comentó: ‘un alma grande, una gran experiencia’. Aunque todos concordaban en que la enseñanza estaba fundada en la no-dualidad, les parecía demasiado distante y demasiado inasequible. El Pandit Jagannath Upadhyaya, erudito Mahayana en la tradición de Nagarjuna me dijo: ‘nosotros tenemos que entender la dialéctica de Krishnamurti, pero la esencia de Krishnaji es la belleza, un desbordamiento total del ser’. Al comienzo de los años cincuenta, cuando los pandits de Varanasi escucharon por vez primera a K, los budistas sostuvieron que Krishnamurti hablaba de budismo; los vedantistas, que estaba en la corriente del Vedanta. Tiempo después, Upadhyayaji sintió que Krishnamurti estaba más en la corriente de Nagarjuna. Pasado un largo periodo, comenzó a sentir que las palabras de Krishnaji eran las que Nagarjuna hubiese pronunciado de haber vivido en nuestros días. Eran pertinentes para el momento contemporáneo. Desde el último año en Madrás, Panditji había estado reconsiderando todo nuevamente. Ya no podía afirmar nada con respecto a Krishnamurti; seguía indagando. Desde alrededor de 1970, yo había percibido un cambio en la enseñanza de Krishnamurti. Su contacto con la comunidad científica a través de seminarios y discusiones, había introducido una mayor precisión en su vocabulario. Examinaba el significado etimológico de las palabras; definía cuidadosamente el sentido que daba a las palabras cerebro, mente, conciencia. Ya no exploraba paso a paso en la naturaleza del pensamiento o en problemas tales como el miedo, los celos, la ira. Las expresiones que había usado en las décadas de los años cuarenta y cincuenta -‘el pensador y el pensamiento son una sola cosa’; o, ‘la necesidad de observar el pensamiento, de ver cómo surge y cómo desaparece, de perseguirlo hasta que se termina’; o, ‘escuchar y percibir el instante decisivo en el que surge el pensamiento’- no se manifestaban en las pláticas posteriores a los años setenta. Hacia 1978, Krishnamurti hablaba de una totalidad del ver, de un ver holístico. Veía tres periodos distintos en la enseñanza: los primeros tiempos, cuando Krishnamurti hablaba del conocimiento de uno mismo, del pensador y el pensamiento como una sola cosa, de estar libres de todo juicio y condena. En los años 60, se había desplazado hacia una negación del individuo como algo separado de la corriente de la humanidad. De la aproximación gradual, Krishnamurti había pasado a la urgencia de una revolución en la corriente humana. Había dejado de referirse a ciertos problemas específicos como la codicia y el odio. Anteriormente, estuvo usando palabras tales como cerebro, mente, pensamiento, conciencia, intercambiándolas con palabras como pasado, memoria. En los años setenta, su terminología se había vuelta más precisa. Sondeaba en la naturaleza de la observación y en la ilusión que sustentaba la división entre el observador y lo observado. En 1978, parecía interesarse en lo universal y en una percepción holística.

I: después de un día de duro trabajo, mi mente queda agotada. ¿Qué puede uno hacer? K: nuestra estructura social es completamente errónea; nuestra educación es absurda; lo que llamamos educación consiste meramente en repetir, memorizar, estudiar intensamente. ¿Cómo puede una mente que ha estado esforzándose todo el día como científico, especialista, esto o aquello, que ha estado tan ocupada durante trece horas en una cosa u otra, cómo puede tener un poco de tiempo libre que sea fructífero? No puede. ¿Cómo puede uno, después de pasarse cuarenta o cincuenta años como científico o burócrata o médico o lo que fuere -no es que tales ocupaciones no sean necesarias-, cómo puede disponer de diez años en los que su mente no esté condicionada, incapacitada? De modo que, en realidad, la pregunta es: ¿puedo ir a la oficina, ser un ingeniero, un experto en fertilizantes, un buen educador y, aun así, mantener la mente asombrosamente aguda, sensible, vital durante todo el día y en cada instante? Ése es realmente el problema, no cómo tener quietud al terminar el día. Uno está comprometido con la ingeniería, con alguna especialización, no puede evitarlo, la sociedad se lo exige y uno tiene que ir a trabajar. ¿Es posible, mientras se está trabajando, no quedar jamás atrapado en las ruedas de eso tan monstruoso llamado sociedad? No puedo responder a eso por usted. Yo digo que es posible, no teóricamente sino de hecho. Es posible sólo cuando no hay un centro; por eso hablo al respecto. Piense en un médico especialista en nariz y garganta que ha practicado durante cincuenta años. ¿Cuál es su cielo? Su cielo es la nariz y la garganta, obviamente. Pero ¿es posible ser un buen médico, de primera clase, y, sin embargo, vivir, funcionar, observar, estar atento a toda la cosa, a todo el proceso del pensar? Por cierto, eso es posible, pero requiere una energía extraordinaria. Y esa energía se desperdicia en el conflicto, en el esfuerzo esa energía se desperdicia cuando uno es vanidoso, ambicioso, envidioso.

‘Hay un nombre que se yergue en contraste con todo lo que es confuso, pedante y esclavizador: Krishnamurti. He aquí un hombre de nuestro tiempo de quien puede decirse que es un maestro de la realidad. Es único’. Henry Miller.

Autor: Elías Real Otsoa. Selección de textos para una visión general de la enseñanza de J. Krishnamurti.